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Mi dama de compañia – Natalia Giron Ferrer

No había lugar en Inglaterra donde pudieras esconderte de la neblina que envolvía las calles. Se encontraba en el muelle con aquel ambiente enrarecido y un súbito escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Sabía que estaba obrando mal, que había perdido el juicio y que las sombras de ese pasado la perseguirían por siempre. Aun así, no miró atrás. Su orgullo y el dolor que sentía eran mucho más fuertes. Llegó a Dover solo con un baúl y su doncella personal, puesto que ella no la había abandonado en su huida. Se había empecinado en ayudarla en todo cuanto pudiera. Había dejado su cómoda vida trabajando en Hightown, para acompañarla en su fuga y no había insistido en volver, ni en que cambiara su opinión. Se sentía llena de dicha al apreciar la lealtad de la joven y aunque esta no había preguntado el motivo de aquella escapada, Ivil necesitó defenderse del juicio que su doncella le hacía con la mirada. En el transcurso del viaje al puerto no pudo contenerse más y habló, tal vez más para sí misma que para ella: —No puedo perdonarles —se relamió la herida del labio. Cassandra, la doncella, sabía de la gravedad del asunto. Algo malo había ocurrido para que su señora no quisiera vivir con su familia rodeada de todos los lujos existentes. Ivil estaba a punto de llorar cuando dijo aquellas palabras, pero pestañeó y desaparecieron. Aquella mirada de odio se había instalado en sus ojos verdes, y por unos instantes, Cassandra vio que el color era más oscuro de lo que recordaba. Tenía tanto dolor dentro de ellos que se podía apreciar con nimios cambios en el exterior. La verdad que había tenido que afrontar no era agradable y su corazón se había roto en tantos pedazos que era imposible reconstruirlo. Recordó aquella vez que se le cayó una tacita de té al suelo y se hizo añicos, dejándola inservible. Una vez en Dover se dispusieron a coger un barco que las llevaría a ambas al continente. No era bueno permanecer en Inglaterra mucho tiempo, su familia, bien relacionada, las encontraría antes del amanecer. No permitiría que la atraparan. Ivil compró dos pasajes para un viaje que las llevaría hasta Francia. Jamás había estado en París, pero le parecía una ciudad suficientemente transitada para pasar desapercibida. Fue el único plan sensato que se le ocurrió. —Antes de llegar al continente tenemos que tener muy claro quiénes somos, Cassandra. —Sí, señora —respondió la doncella mientras intentaba mantener la cabeza despejada.


El vaivén del barco la mareaba. —Puedes escoger el nombre que quieras y el pasado que más te guste, pero por nada del mundo debes decirle a nadie de donde procedemos ni nuestros nombres. —Pero milady… —Por favor, no te lo pediría si no fuera necesario. —Está bien, entonces me cambiaré el nombre por Adeline. Usted, señora, ¿qué nombre se pondrá? Siempre había sigo Ivil, Niv o Nivill y quería seguir siéndolo, pero no podía. —Jane Fairfax —suspiró—. De ahora en adelante, provenimos del sur de Inglaterra. Somos mujeres de clase obrera… —Usted no es de clase obrera, milady —la interrumpió. La doncella miró el vestido que llevaba puesto su señora, de una muselina exquisita, de mangas largas ajustadas desde el codo hasta la muñeca. Los puños estaban terminados con una chorrera de blanco encaje, igual que el borde del cuello. Incluso su piel delataba que era de la nobleza. —Entonces, me enseñarás a parecerlo. Venderé el vestido a cualquier sastre de París, alquilaremos un sitio donde alojarnos y buscaremos un trabajo para subsistir. — ¡Oh, no, señora! Yo puedo trabajar por las dos. —Ni hablar. Esto fue decisión mía y no pienso acarrear la culpa por tus dolores de espalda. Buscaré algo que pueda hacer y que me dé una retribución decente. Sé dibujar, mi caligrafía es buena, aprendí latín, griego y francés además de dominar la música. —Exactamente lo mismo que una dama de alta sociedad, milady. —Adeline, eres una persona muy osada para hablarme así. Pero sí, tienes razón, aunque cualquier mujer que quiera aprender puede hacerlo, no se necesita una institutriz para culturizarse. El abuelo me enseñó latín, griego y francés, y madre se empeñó en que aprendiera música. Por lo demás aprendí sola, incluso sé montar a horcajadas a caballo. No es lo más adecuado para una dama, pero me dio igual. —Lo sé, milady.

Tuve que limpiar los bordes de sus vestidos de montar aquella temporada. Jane le dedicó una agradable sonrisa a su doncella personal. Ella y Henry habían sido sus íntimos amigos en Hightown. Echaría de menos a Henry, no concebía no volver a verle, a escuchar su voz, a protegerle de sus miedos. Esa era la única cosa que le impedía marcharse completamente. Se le paralizaba el corazón solo de pensarlo. Y Edward. Después de aquello, él jamás la perdonaría. Niv quedaba en sus manos. Durante el viaje, Jane tuvo la oportunidad de conocer a mucha gente, tanto de renombre como sirvientes. Empezó a elaborar la farsa en la que su vida se convertiría y a practicar el arte del engaño. Se limitaba a observar la conducta de las criadas, los movimientos con los que realizaban las tareas, el tono en el que debería hablar, … Mentalmente se anotaba esos detalles para el futuro, quería interpretar a la perfección su papel. Una señora se percató de la relación que se había instalado entre ella y sus criadas y decidió intervenir. Su carácter y su inexperiencia en la vida le habían dotado de unos valores caprichosos y mimados, pero rodeada toda su vida de nobles sabía diferenciar a una joven de la sociedad. Tenerla bajo su ala se convirtió en un proyecto solidario por parte de la señora. Jane descubrió así que aquella dama con un gusto ostentoso por la moda, regresaba a Francia para casarse con un anciano bañado en dinero y joyas. Provenía de una familia francesa muy importante y desde niña le habían inculcado el régimen de obediencia matrimonial que dictaminara el cabeza de familia. Nadie podía sospechar que aquella dama conseguiría la estabilidad de Jane en Francia. El detalle más importante ocurrió una noche en la que se celebraba un baile en la cubierta del barco. Aquella dama francesa estaba deseosa por estrenar un vestido rojo, cuyo diseño se convertiría en tendencia ante la corte. Cuando bajara del barco, toda Francia y por consiguiente el resto del continente, sabría de su llamativo vestido. Cuando se lo probó, antes de la cena, se dio cuenta de que no lucía como debería, la falda estaba deshilachada, además su porte tosco hacía que la tela cayera de forma vulgar sobre la piel. — ¿Qué voy a hacer? —decía sin parar, perdiendo la compostura de una dama. Jane, que no iba a acudir a la celebración, observaba entre sus manos el tejido rasgado de la falda quedando así inservible para la ocasión. —Podría arreglárselo —soltó de pronto, sin pensar.

Ella no sabía coser. Ese asunto era la pasión de Adeline. Los ojos de la dama se agrandaron hasta el punto de ver pequeñas filigranas rojizas en la cuenca. —Te lo agradecería tantísimo. Mira si no —se acercó al baúl y extrajo de él dos pares de vestidos igual de elegantes que aquel—, ¿qué otra cosa podría ponerme? Necesito ese vestido. Mientras Adeline se desvivía por coser aquel desastre, Jane cavilaba sobre la situación. Aquello era una salida para su supervivencia en Francia y no iba a desaprovecharla. Cuando le devolvió el vestido ya arreglado, viendo que le sentaba perfecto, se atrevió a sugerirle: —Ya que le he ayudado con su problema, tal vez podría usted ayudarme con el mío —había meditado el tono con el que hablar a la señora. No deseaba sonar desesperada, ni altanera, solamente una criada que necesitaba ayuda. —Sí, lo que quieras. ¡Maldita sea, rápido! Llego muy tarde. —Quiero una carta de recomendación para poder trabajar en Francia. Como sabe, alguien de mi posición y sin ninguna referencia… La dama con un rudo gesto de la mano le indicó que aceptaba firma la recomendación pero que eso sería lo único que obtuviera de ella. Al parecer, no estaba bien visto agradecer a los sirvientes su gran trabajo hecho. Se preguntó si ella había tratado así a sus sirvientes de Hightown. Y al fin, la dama pudo ir al baile con su vestido ostentoso. Desde Calais hasta llegar a la capital, ambas se mantuvieron en silencio. Adeline intentaba encajar y entender la decisión de su señora, su comportamiento y su desdicha, pero le era imposible mientras ella no le revelara lo sucedido. Mientras, la joven Jane, se encontraba ausente. Durante el viaje, había intentado aprender y corregir sus modales. Sumergirse en el papel que necesitaba interpretar para sobrevivir y olvidar todo lo que en su día era y creía. No deseaba recuperar su esencia, su personalidad, ni su naturaleza. Estaba cayendo en un abismo donde nadie podría salvarla y había sido ella misma la que se había empujado al pozo. París era diferente a Londres. Era estilosa y llena de alegría, el ambiente que se respiraba nada tenía que ver con la neblina de su tierra.

Todas las calles estaban tan transitadas que apenas entraba un alfiler. Las edificaciones de piedra grisácea, tal vez blanco roto, las pintorescas calles que se alzaban sin fin. ¡Cuántos colores podía haber en una vía! Los carros, las molduras de las ventanas… Las señoras llevaban vestidos elegantes de faldas voluminosas sobre crinolina, grandes y elegantes drapeados o incluso cola hasta el suelo. Jane pensó que si esos eran sus vestidos de día no imaginaría la elegancia de los de noche. Por suerte ella no estaría en aquellas veladas. Mostraban sus mejores joyas y sonreían abiertamente. Los caballeros no se quedaban atrás. Tan galantes con sombreros de copa, bastones con empuñadura de plata, llamativos broches y pañuelos del mejor tejido parisino. Una vez allí, Jane hizo precisamente lo que dijo que haría. Vendió su traje, sus lazos y algunas joyas que se había llevado. Todo lo que poseía valor. Adeline no tuvo reparo en dejarle el mejor vestido que ella se había llevado. La educación de Jane había sido completa, por lo que hablaba francés casi a la perfección, aunque jamás se quitaría su acento británico. Así pues, no tuvo dificultad a la hora de regatear con el sastre para conseguir más dinero del que le ofrecían. Aquello sería el sustento hasta que encontraran un trabajo. Jane no se atrevió a preguntar por una pensión para dos damas decentes. Su economía no soportaría una sola noche en algún lugar recomendado por un sastre de París. Así que no tuvieron más remedio que alejarse de las calles más importantes y comerciales, donde encontraron una pensión bastante pequeña y mugrienta. Las primeras personas que las recibieron fueron cortesanas. Aquello escandalizó a ambas mujeres pues jamás habían visto una. Iban casi desnudas, enseñaban mucho más de lo permitido por el decoro y sus labios eran más rojos que la sangre. Una de ellas incluso llevaba un lunar pintado. Adeline se sonrojó al observarlas, pero por educación agachó la cabeza y siguió a su señora. —Esta es vuestra habitación —dijo la mujer de la pensión mientras tiraba una botella de licor por la ventana. Por suerte, ella era algo más recatada.

Se había caído el papel de las paredes, de un color amarillo envejecido, los colchones apenas tenían algodón por lo que dormirían casi a ras del suelo y algunas hebras de paja sobresalían. Adeline estornudó al ver la capa de polvo que poseían todos los muebles de madera. Seguramente, dormirían con algún intruso por los débiles sonidos que estaban escuchando. La puerta podía ser forzada con un mero empujón. La buena noticia era que al menos tenían una chimenea. —Habrá que… —empezó a hablar Jane. — ¿Ventilar? ¿Fregar? ¿Sacudir? —conocía su oficio al dedillo. —Ve y pide lo necesario para quitar toda esta mugre —pasó un dedo por la mesita auxiliar y quitó tanto polvo que su dedo quedó completamente gris. —Voy, milady. —Aquí soy Jane. Recuérdalo. Adeline bajó las escaleras de la pensión y subió rápidamente con un cubo lleno de agua, retales, una escoba y una fregona. Sin pedir permiso, por supuesto. Tenía la impresión de que si solicitaba cualquier cosa le harían pagarlo. Jane cogió uno de los trozos de tela y, sin apenas darse cuenta, la doncella le quitó el tejido de las manos. —No, señora. Yo lo limpiaré, no se preocupe. — ¿Pretendes limpiar tú toda la habitación? Acabarás a las tantas y postrada en la cama. No voy a contraer una enfermedad por frotar —después de unos segundos de silencio—. ¿Verdad? Adeline resopló, jamás ganaba una batalla con su señora. Las dos jóvenes se pusieron a limpiar y adecentar el lugar mientras escuchaban una bonita discusión que llegó a las manos en la calle. Estuvieron limpiando sin parar hasta dejar una habitación donde poder sentirse tranquilas y cómodas. Por supuesto quedaba mucho por hacer. Comprar algodón, o lana tal vez, para los colchones, colocar unas cortinas en la ventana, sábanas limpias, pero cuando el sol estaba saliendo, la habitación no podía estar más limpia.

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