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Mi condesa italiana (El ducado de Chester 3) – Claire Phillips

Allegra observaba el mar desde la cubierta del barco que la llevaba irremediablemente a Inglaterra. Ella y su hermano Maximo, tras la muerte de su padre, habían intentado por todos los medios evitar tener que trasladarse a Inglaterra, la patria de su padre, pero su muerte junto a su madre, semanas atrás, en un desafortunado accidente de carruaje por romperse el eje de las ruedas cuando circulaban por una pendiente, les hizo aceptar con mucho pesar lo inevitable. El fallecimiento de sus padres los convertía, por deseos de él, en pupilos del primo de su padre, el vizconde de Davenport, del que solo sabían que era el primo más joven de su padre y, también, uno de los pocos familiares por los que sentía afecto antes de trasladarse e instalarse en Italia cuando se casó con su madre, Francesca. Si el traslado a Inglaterra, abandonando su único hogar, suponía en sí una fuente de pesar para los dos, no lo iba a ser menos que su hermano, su joven hermano de quince años, se hubiere convertido en marqués de Clorton, un título “tan antiguo como las piedras inglesas” y tan ajeno a ellos como la propia Inglaterra. Su padre, marqués de Clorton, les había educado según las normas inglesas, pero no era menos cierto que también habían vivido de acuerdo con el mundo que les rodeaba que no era sino un mundo que giraba en torno a una extensa propiedad vinícola en Italia donde las rígidas normas y las cortesías excesivas quedaban de lado la mayor parte de las veces. Habían tenido severas institutrices y preceptores británicos porque así lo hubo querido su padre, especialmente porque Maximo era el heredero de su título y, a la postre, cabeza del título y con ello de sus responsabilidades. Pero Allegra no era ignorante que no solo la juventud de su hermano, sino el que a ninguno de los dos le agradase el tener que vivir en Inglaterra, iban a pesar mucho en cómo sobrellevasen su vida y con ella, la vida de marqués y todo lo que conllevaba. Su padre les había inculcado un serio sentido del deber y de la responsabilidad familiar y por eso sabía que Maximo haría honor al recuerdo de su padre y su título aceptando inevitablemente ese destino, pero, aún con ello, ambos iban a zambullirse de lleno en un mundo que les era ajeno por mucho que fuere el mundo que por cuna y sangre también les perteneciese, al menos en la misma medida que el mundo que habían dejado atrás, un mundo lleno de alegría, recuerdos familiares, buenos amigos y su hogar. Miraba el mar en cuyo horizonte ya se vislumbraba el comienzo de la costa inglesa y con ello el forzoso destino que les aguardaba a ambos. -Eso debe ser la fría Inglaterra. El sarcástico comentario a su espalda con la voz de su hermano le hizo sonreír, pero antes de girar el rostro para verlo colocarse a su lado apoyado en la madera como ella, se obligó a tornar serio su rostro. -Intentemos que no sea eso lo primero que escuchen salir de nuestros labios el vizconde y la vizcondesa viuda. Su hermano masculló una queja en italiano entre dientes antes de limitarse a asentir. -Imagino no ignorarás que ese vizconde como tutor mío lo primero que hará será mandarme a un colegio para fomentar en mi pobre carácter italiano la flema inglesa y a ti buscarte, sin demora, un marido que le evite tener que preocuparse en exceso de tu futuro por largo tiempo. Allegra hizo una mueca porque desconociendo todo del vizconde habían estado imaginando mil cosas sobre él, su carácter y, con ello, lo que pasaría con ellos en sus manos, al menos hasta que Allegra se casare o alcanzare la edad en la que se le tomare por solterona y, por lo tanto, capaz de ocuparse de sus asuntos solo asistida por su hermano que para entonces ya sería mayor de edad, y hasta que Maximo alcanzare la edad y madurez para poder hacerse cargo de él mismo y del título sin que nadie velare por ello. -Si papá nos dejó en manos del vizconde y no de su otro primo, algo bueno tendrá. -O algo menos malo que su otro primo. –Aseveró Maximo con firmeza en la voz y la mirada. -Intentemos no ponernos en lo peor o esto se cumplirá, ya verás. Su hermano se rio por fin. -No puedo creer que ahora cites a la abuela. Allegra se encogió de hombros con los ojos fijos en la costa. -Quizás el vizconde nos deje regresar y vivir en compañía de la abuela. -Eso no ocurrirá, bien lo sabes. Ni el vizconde ni su madre parecían dispuestos a hacer de tutores en la distancia.


Fueron muy tajantes en la carta que le enviaron al señor Priscot. Allegra gruñó ante la mención de severo albacea de su padre. Un ajado caballero inglés que había sido su abogado desde hacía mucho tiempo y que fue el que, a pesar de rogarle que no lo hiciere, informó al vizconde de su nueva condición de tutor tras la lectura del testamento de su padre. -Dichoso señor Priscot. –Se quejó-. Si nos hubiese dejado seguir en casa con la abuela nada de esto tendríamos que soportarlo ahora. Pero no, él tenía que avisar al vizconde de la muerte de padre y del contenido del testamento. Maximo sonrió recordando que cuando el abogado fue a informarles que había mandado aviso al vizconde de lo ocurrido, Allegra le llamó “avvocato traditore”. -Querrás decir abogado traidor. –Señaló burlándose de ella tras el recuerdo que se hubo formado en su cabeza de ese día. Allegra bufó: -Y para colmo no tiene mejor ocurrencia que decir que lo había hecho por nuestro bien, que era su deber. Su deber era velar por nosotros, por nuestro bien y nuestro bien se encontraba en compañía de la abuela, en nuestro hogar y no lejos de todo lo que queremos y conocemos. –se lamentaba inútilmente-. Y encima, como tengo diecinueve años he de presentarme en sociedad forzosamente antes de que los estúpidos ingleses me consideren vieja para casarme con un inglés. Maximo la miró burlón: -En realidad, has de casarte con un caballero, nadie ha dicho que haya de ser inglés. Allegra le miró indignada antes de señalar teatralmente la costa: -Vamos a Inglaterra. ¿Qué crees que nos encontraremos allí? Yo te lo diré. Ingleses. Ingleses por doquier. Su hermano se carcajeó. Desde niños hablaban en inglés en casa y solo italiano fuera de ella porque su padre no quiso que creciesen sin sentir al menos que eran un poco ingleses, pero aún con ello, los dos, especialmente Allegra, habían heredado el gusto por lo italiano, su forma de vivir, pensar, disfrutar, aunque había que reconocer que, de los dos, Allegra era la que se parecía a su madre en rostro y aspecto, pero su carácter era el de su padre. Siempre batallador, inteligente y mordaz. Él, en cambio, había salido en carácter más a su madre. Relajado, alegre, de temperamento calmo, aunque su rostro y porte eran inequívocamente el de su padre. De ojos azules y cabello casi rubio.

-Bueno, habrá dos italianos. De nuevo Allegra bufó. -Seguro que lo primero que harán será intentar convertirnos en ingleses. -Somos ingleses, aunque nos pese. –Se rio Maximo tirándole de las orejas con ese comentario. -No. Somos medio ingleses, pero eso no les gustará, seguro. Estoy convencida que no les gustarán ni nuestro aspecto, ni nuestros modales, ni nuestro modo de hablar, conducirnos o pensar. -Bueno el “avvocato traditore” informó a sus señorías que habíamos sido instruidos por ingleses. –Chasqueó la lengua enseguida y negando con la cabeza miró a su hermana-. Seguro que dicen que somos unos salvajes sin “pátina alguna de refinamiento” por mucho esfuerzo que hubiesen puesto nuestras institutrices y preceptores. Los dos se miraron fijamente un instante antes de prorrumpir en carcajadas sabiendo que eso era algo que se esperaban y que poco iba a importarles pues ambos se habían prometido no cambiar ni su forma de pensar ni sus ideas por mucho que intentaren “enderezarlos”. Al desembarcar, un lacayo con impecable librea les esperaba haciendo gesto a un grupo de hombres para que tomaren todos sus baúles del barco antes de conducirlos a un carruaje del que descendió, justo antes de que ellos lo alcanzasen, un caballero de imponente aspecto que, en cuanto los miró, ambos supieron era el vizconde ya que guardaba un inconfundible parecido familiar con su padre en apostura, mirada y gesto. -Debéis ser lady Allegra y lord Clorton.

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