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Mentiras y poder – Jorge del alba

Lucía estaba desnuda, parada frente a un gran espejo en el interior de su baño. Fernando, su esposo, la esperaba frente al ordenador mientras enviaba algunos correos electrónicos urgentes del trabajo. Ella sabía que debían salir pronto de casa, pues la cena en la casa de los padres de él comenzaría pronto; sin embargo, no podía dejar de ver su propio reflejo en el espejo. No se trataba de vanidad, en lo absoluto. Ella se veía a sí misma y casi no podía reconocerse. Contaba con treinta y dos años y su rostro puede que denotaba un poco menos de edad, pero ella podía notar en su imagen que los años estaban pasando por ella y que en sus ojos se podía ver con claridad que tenía mucha más edad de la que realmente tenía. Solo quien la viera directamente a los ojos, podría percibir cómo en ella han pesado los años, tan pesadamente. La falta de alegría causaba ese efecto. Una vez que estuvo vestida y maquillada, bajó las escaleras de la casa; en dirección a Fernando y a su pequeño hijo Santiago. Como era habitual, Fernando, ya en la sala, ni siquiera reparó en el aspecto de su esposa, solo hizo un gesto de hastío por el tiempo esperado y se dirigió hacia la puerta con su hijo de la mano. Lucía los siguió a ambos, no sin antes suspirar. ─ Mamá, estás muy linda. –le dijo Santiago, sentado a su lado en el coche. ─ Gracias, mi amor. Tú estás muy guapo también. –le dijo ella y le dio un beso en la mejilla. Fernando ni siquiera giró su cabeza para escuchar la conversación entre su esposa e hijo, estaba muy entretenido enviando algunos mensajes de texto. Durante el camino, solo se escuchaban las voces de Lucía y Santiago conversando. Ella siempre trataba de tener una sonrisa para su pequeño. Ella consideraba que él era la felicidad de su vida y no importaba lo triste que se sintiera, tenía para él una sonrisa y una caricia en todo momento. ─ Vamos, Santi. Ya llegamos. Recuerda darle un abrazo a tu abuelo. –le dijo Lucía a su hijo mientras se bajaban del coche. ─ Padre… -dijo Fernando al encontrarse con su padre en la sala de la casa.


─ Fernando, ¿dónde está mi nieto? –le preguntó. ─ ¡Abuelo! –gritó Santiago corriendo en dirección a su abuelo. ─ Santiago, ¿cómo estás? –saludó Lucía a su suegro como siempre, con distancia. ─ Muy bien, Lucía. Me alegra que ya estén aquí. Pasen, estamos sentados en el patio. Las chicas ya llegaron. –Santiago abuelo se refería a sus hijas, Rafaela y Mariela. La casa de los Ávila era inmensa, digna de una familia que poseía la empresa de bienes raíces más importante del país. Era un lugar inmenso, lleno de lujos por doquier; con un número desconocido de espacios que la familia no utilizaba: piscinas, canchas de tenis, cine, gimnasio y muchísimo más. Por lo menos tenían un mini campo de golf que Santiago nieto disfrutaba mucho; lo que a su abuelo enorgullecía, pues no era común que un niño de tan sólo diez años de edad se interesara por un deporte de tanta clase. Estaba convencido de que ese pequeño era su premio mayor en la vida; su nieto mayo y único por el momento. ─ Carmen, qué gusto verte. ¿Cómo estás? –Lucía saludó a su suegra, quien era probablemente la única persona que le agradaba de la familia de su esposo. ─ Hola, linda. Esto bien, alegre de tenerlos hoy aquí. –ella la saludó con un efusivo abrazo. El resto de la familia se saludó con la seriedad propia de los Ávila. La cena era con ocasión de la celebración del inicio de un nuevo año, como en la mayoría de las familias esta era una tradición sagrada. Ya todos los integrantes estaban en el lugar, Santiago abuelo jugueteaba un poco con su querido nieto, Lucía escuchaba con poca atención la conversación de su suegra mientras miraba periféricamente a su hijo, Fernando se preparaba un whiskey y las chicas conversaban, no entre ella sino a través del móvil. Comenzaba un nuevo año, y la verdad era que Lucía no tenía ninguna resolución como suelen hacer la mayoría de las personas. Hacía mucho tiempo que había renunciado a anhelar. Sus deseos eran bastante modestos: estar cerca de su hijo y poder ayudar a su padre a continuar con el negocio familia. Ella trabajaba con su padre en la sastrería de su propiedad, desde que tenía uso de razón; aunque estuvo sin trabajar con él durante un periodo de tiempo que le pareció eterno, desde el momento cuando se casó con Fernando hasta que su hijo cumplió cinco años. Se le había dificultado mucho volver a la sastrería, ya que Fernando no estaba de acuerdo con que ella trabajara.

Sin embargo, después de un tiempo él reflexionó y se dio cuenta que si ella estaba centrada en el trabajo, él podría estar un poco más fuera de su radar; entonces accedió. De hecho, Lucía y Fernando se habían conocido en la sastrería, pues Santiago Ávila era el propietario del local donde Doménico, el padre de Lucía, había instalado su sastrería. Santiago solía ir a la sastrería en ocasiones y en algunas de esas ocasiones llevaba a su hijo, por lo que Lucía y Fernando coincidieron en el lugar cuando eran muy jóvenes; sin embargo, él no notó la existencia de ella sino hasta que su desarrollo físico se había completado y la había transformado en una mujer hermosa. ─ Hola, ¿desde cuándo trabajas aquí? –le preguntó Fernando de manera pícara recostado del mostrado en dirección a Lucía. ─ Desde siempre, nos hemos visto algunas veces. –le dijo ella, extrañada de la atención que en ese momento obtenía de él. ─ ¿De verdad? No sé cómo es que no me había dado cuenta. –él le sonrió. A Lucía, Fernando no le había causado nunca una impresión que valiera la pena recordar. Como muchos jóvenes que iban al lugar con sus padres, a ella le dio le parecía que no era sino un chico mimado de familia adinerada que creía que era más que los demás. Sin embargo, algo en ella comenzó a cambiar cuando él le dirigió la palabra; tuvo la idea de que quizás se había equivocado con él. Fernando comenzó a aparecer de pronto cuando ella estaba saliendo de la sastrería rumbo al instituto de diseño donde ella estudiaba. Entonces se ofrecía a llevarla y aprovechaba el camino para decirle lo hermosa que le parecía que era. Ella por primera vez se sentía adulada y deseada; y le causaba un mayor impacto viniendo de uno de los integrantes de una de las familias más adineradas del país.

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