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Mentiras legales – Yolanda Revuelta

Telma salió de su pequeña cabaña y se dirigió al acantilado, tal y como era su costumbre, cuando el sol se ponía en el horizonte. Le encantaban los colores rojizos y anaranjados que le regalaba cada día el atardecer. El frío viento del norte la recibió y ella, en respuesta, se envolvió en su chaqueta de lana gruesa. Observó el límite donde el cielo y el mar parecían unirse y advirtió en esa línea la curvatura de la Tierra. Esa visión siempre le maravillaba y no se cansaba de admirarla. El mar Cantábrico no estaba en calma, como días anteriores. Sus olas arremetían de forma incesante contra las abruptas paredes del escarpado acantilado, ofreciendo al espectador una danza armoniosa, rítmica, incluso hipnótica. Intentó distribuir su peso en ambas piernas, tal como le había indicado su fisioterapeuta, para evitar el punzante dolor que aún le producía su última lesión. La idea de no volver a subir a un escenario la estaba volviendo loca, pero no podía hacer al respecto. Amaba la danza, una de sus pasiones, hasta extremos insospechados, pero una grave rotura de fibras en el tendón de Aquiles había quebrado su vida profesional de forma radical y muy dolorosa. Tenía la impresión de vivir en el limbo, fuera de su entorno natural, en un mundo que no reconocía como el suyo. Había decidido refugiarse en Ubiarco, quizá porque aquel pequeño pueblo costero de la provincia de Cantabria siempre la acogía con cariño y era, en muchas ocasiones, por no decir siempre, la respuesta a su dolor y a sus dudas. Adoraba la tierra en la que había nacido, donde sus padres, su hermana y sus antepasados habían vivido desde tiempos inmemorables. Con ese pensamiento pululando por su mente, la brisa del mar volvió a reclamar su atención. Se retiró un mechón de pelo que el viento le había revuelto mientras su vista seguía fija en el mar. Octubre había comenzado más frío de lo habitual y los turistas habían ido desapareciendo de forma paulatina —lo cual ella agradecía—, para dar paso a un otoño más silencioso y ajeno a las aglomeraciones. La pequeña playa de Santa Justa era una cala abierta al norte, de una belleza extraordinaria. A su derecha, al otro lado, encontró la ermita semiexcavada en la roca del acantilado. Parecía extraída de la historia para acoger el impresionante acantilado que se abría bajo su planta. De estilo semirrupestre, incrustada en la roca y con solo dos paredes de mampostería y una cubierta sencilla de teja, había desafiado a la inclemencia del mar y al paso del tiempo desde el Medievo. Elevó la mirada por encima del acantilado hasta toparse con las ruinas de la torre de San Telmo, una antigua atalaya medieval que sirvió antaño como punto de observación y como bastión y defensa contra los invasores. Precisamente a esa pequeña fortaleza le debía ella su nombre. En aquel momento la cala se encontraba desierta y solo el graznido de las gaviotas junto a las olas rompían el silencio de la tarde otoñal. Cerró los ojos y respiró profundamente, hasta que el aire cargado de salitre llenó sus pulmones. Hacía unas semanas que la cabaña y el entorno eran su mejor terapia.


Intentaba, en ocasiones con más acierto y en otras con menos, instaurar una rutina. Ante todo, buscaba la forma de no desanimarse y encarar su presente y su futuro con valentía. Leer, dar paseos y escuchar música clásica la aislaban de una tristeza que amenazaba con destruirla. La cabaña estaba situada en una zona que los pescadores solían frecuentar, por lo cual su soledad siempre se veía interrumpida por hombres del pueblo que iban y venían con una caña en la mano. No solían molestarla, sencillamente dejaban oír sus pasos o sus conversaciones, si iban acompañados, pero poco más. En ese momento no vio a ningún pescador ni a nadie merodeando por la zona, ni tan siquiera había caña alguna a la vista que le indicase que pudiera haber otra presencia humana en los alrededores. Observó el cielo y supo que muy pronto llovería, así que lo mejor sería regresar a la cabaña, matar las horas con la ayuda de la lectura y escuchar a Chopin hasta que llegase la hora de la cena. Después se iría a la cama y soñaría que no existía ninguna lesión, que nada había cambiado y que se volvía a nutrir de los aplausos del público. Si algo había aprendido durante las últimas semanas era que mantener los ojos cerrados, soñar, era su única vía de escape. Iba a darse la media vuelta cuando escuchó algo en la lejanía que le llamó poderosamente la atención: el ruido de un motor. En su campo de visión apareció una moto acuática que parecía volar sobre las olas a una velocidad vertiginosa. Entrecerró los ojos mientras cruzaba los brazos a la altura del pecho y se arrebujaba en su chaqueta de lana. Tras la moto acuática, un yate. Telma habría jurado que deseaba dar alcance a la moto a todo trance. Tenía la impresión de que era una de estas locas carreras de testosterona donde nunca se evaluaban los daños colaterales. Se rio de su propia ocurrencia y de la sensación de incertidumbre que la embriagaba. Pero aun así había algo en la escena que no le permitía despegar los ojos de ella.

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