debeleer.com >>> chapter1.us
La dirección de nuestro sitio web ha cambiado. A pesar de los problemas que estamos viviendo, estamos aquí para ti. Puedes ser un socio en nuestra lucha apoyándonos.
Donar Ahora | Paypal


Como Puedo Descargar Libros Gratis Pdf?


Melodia para un sueño – Ana R. Vivo

En menos de dos horas, se habían vendido todas las entradas para el «concierto del año». Así lo anunciaba la prensa, desde que se había hecho pública la reaparición de Janice Still, la virtuosa concertista que se encontraba en proceso de divorcio de uno de los compositores, y directores de música, más importantes del mundo. La gira se había interrumpido en el instante en el que sus abogados comenzaron a sacar trapos sucios, tanto de una como de otro. Los periodistas y críticos musicales se ocupaban más de apostar por quién ganaría aquel sonado conflicto, que por reseñar sus maravillosas actuaciones como solista, o si había llenado los teatros más importantes del país. Solo ofrecían al público los entresijos de un divorcio tan atormentado como contencioso. Afortunadamente, la pareja no tenía hijos por los que batallar, pero aun así la situación resultaba estresante. A Janice le fastidiaba verse como mera espectadora de su vida, aireada a los cuatro vientos tanto en prensa escrita como en televisión. Incluso se había producido, en un par de días, un documental que no la dejaba en buen lugar. Ella, por supuesto, era la mala de la historia. Thomas Still, sin embargo, se mostraba como un pobre y sufrido marido, heredero de un imperio y creador de algunas de las obras más famosas que había escrito para la mujer que lo estaba destruyendo. En definitiva, todos lo veían como un hombre herido, en declive, al que le menguaban los contratos para dirigir orquestas del calibre de la filarmónica de Nueva York, de lo que también la culpaban a ella. Era lógico que el mundo entero lo creyera. La familia Still era influyente desde tiempos inmemoriales, mientras que ella solo era una muchacha de pueblo, cuyo único sueño había sido compartir su talento junto a su esposo. Ahora, después de varios meses, la gira se había reanudado. El litigio podía alargarse por tiempo indefinido y Frank Renter, su agente y amigo personal, le aconsejó que no diera lugar a una demanda por incumplimiento de contrato. De modo que pidió a su abogado que cediera ante las peticiones de su marido para acelerar el proceso. No le interesaban los bienes a los que hacía referencia la Corte Superior del estado de California, solo quería volver a ser libre. De no haber sido por la insistencia de los letrados para que pleiteara por lo que le correspondía por ley, incluso habría renunciado a la pequeña fortuna que había ganado con su esfuerzo. Pero ella soñaba con regresar a Santa Ynez, el pequeño pueblo que la había visto crecer, en el corazón de un hermoso valle cuajado de viñedos, en el condado de Santa Bárbara. Necesitaba recuperar la línea que definiría su futuro, la que se había desviado cuando le concedieron una beca para estudiar música en la prestigiosa escuela Juilliard de Nueva York. En el valle vivían las pocas amistades que conservaba de su infancia, entre ellas su agente, un viejo amigo de su padre que la trataba como a una hija, y su familia, con la que seguía manteniendo el contacto. El concierto tenía lugar en el Jordan Hall de Boston, uno de los teatros más representativos del arte y de la música de Massachusetts. También era el conservatorio en el que tocó por primera vez bajo la dirección de Thomas. Parecía una ironía del destino que fuera aquella misma ciudad la última en la que actuarían como marido y mujer. Por eso, se sentía rara, diferente.


Ambos se encontraban en un punto de sus vidas en el que se miraban como dos adversarios. Aquella noche, estaba preciosa. Se lo había dicho más de mil veces Frank, hasta que se vio obligada a sonreír y aceptar que era verdad. La melena le caía sobre los hombros como una suave cascada de ondas tan oscuras como sus ojos. Iba vestida de blanco, en contraste con el resto de los músicos que iban de negro, destacaba como un copo de nieve por el efecto de un potente foco que incidía sobre ella cuando la melodía del piano se alzaba sobre los demás instrumentos. Janice fue secundada como solista por el resto de los músicos. Su interpretación magistral cautivó al público nada más comenzar los primeros acordes. La sensibilidad de la que hacía gala fue premiada por la unánime ovación de un público entusiasta que obligó a los miembros de la orquesta a saludar en repetidas ocasiones. Su todavía marido, el director de música Still, se situó a su izquierda, atractivo, vestido con un impecable frac y el pelo perfectamente peinado. Le sonrió como hacía meses que no lo hacía y llevó su mano a los labios en un gesto elegante, murmurando al tiempo unas palabras incomprensibles contra sus dedos. Thomas la miraba de una forma extraña, durante todo el concierto sus ojos grises habían estado clavados con fiereza en los suyos. La sorprendió invitándola a adelantarse a su lado con una reverencia para que todos supieran que ella era la verdadera estrella de la noche, e hizo un gesto al público para que no dejara de aplaudir. Entonces la miró de nuevo y fue cuando vislumbró en sus ojos algo turbio e inexplicable que le arrancó un escalofrío y la obligó a apartar la mirada. Ya habían transcurrido varios minutos de ovación, parecía que por fin amainarían los vítores y podrían abandonar el escenario, cuando le dedicó una tímida sonrisa para acallar rumores. Aquel era el último acto en el que recibirían felicitaciones agarrados de la mano. No quería echar más leña al fuego, ni avivar los reportajes maledicentes de los periodistas de sociedad que esperaban «ver sangre», para regodearse en sus crónicas al día siguiente. Entonces Thomas la sorprendió de nuevo al abrazarla e intentar besarla en los labios en mitad del escenario; de hecho, los aplausos se silenciaron cuando ella se zafó de su agarre con un grito. Se limpió la boca con el dorso de la mano y le preguntó que si se había vuelto loco. Él no dijo nada, simplemente sonrió. Nerviosa, Janice se colocó un mechón detrás de la oreja, como si tratara de aparentar normalidad ante algo tan disparatado delante de dos mil personas que los observaban en un silencio sepulcral. Miró a su espalda con desesperación, ya debería de haber caído el telón, pero Thomas volvió a reclamar su atención al decirle en voz alta. —No me he vuelto loco, querida. Sin embargo, tú, me has destruido. —No sabes lo que dices. —Me has arrebatado todo: mi orgullo, mi hombría… mis sueños.

—No me hagas esto —rogó, con ojos brillantes por las lágrimas—. Thomas, no sigas. Aquí no. —Solo te estoy pidiendo unos segundos de tu tiempo. De tu valioso tiempo. —Thomas… por favor. —Apenas fue un susurro. —Por favor, ¿qué? ¿Por favor, no me abandones antes de firmar los documentos que han redactado los abogados? ¿O por favor, no me hagas sentir culpable? ¿Es eso lo que te preocupa? Que todo el mundo sea testigo de lo que me has hecho. Que se enteren de que la víctima de esta cruel historia soy yo. Que me has destrozado la vida hasta hacerla añicos… ¿Por favor qué, Janice? —Su voz reverberó—. ¿Buscas mi compasión? Pues, no la tendrás. —Avanzó dos pasos y se paró tan cerca que ella podía escuchar su respiración agitada —. Sin embargo, quiero que recuerdes este instante para siempre, mi amor, que cada vez que la música llene tu vida, no olvides que fuiste la causante de mi destrucción. Mírame —exigió con dureza. Janice había cerrado los ojos mientras él la humillaba donde más segura se sentía: sobre el escenario. Con suerte, su ataque ante un público que hasta ahora la había adorado, terminaría pronto; pero el murmullo ahogado de los espectadores la obligó a abrirlos con rapidez. Después todo ocurrió muy rápido, en unos segundos de desconcierto en los que nadie supo reaccionar. Esa escena se desarrollaría una y otra vez, millones de veces, a cámara lenta en su cabeza, a todas horas, en todos los lugares. Thomas había sacado una pistola del bolsillo interior del frac. Ella retrocedió al ver el arma, aunque intuyó lo que estaba a punto de ocurrir. La imagen de su marido llevándose el cañón a la cabeza quedaría impresa en su mente para siempre. Sus ojos llenos de odio fijos en los suyos, vidriosos y tremendamente abiertos por el pánico. —Yo también voy a robar tus sueños, querida —le advirtió con rabia—. Cada vez que cierres los ojos, allí estaré para atormentarte. Solo escucharás en tus sueños, la melodía de la muerte —agregó antes de apretar el gatillo y caer al suelo como un fardo.

Ni los gritos de la gente, ni su precioso vestido ensangrentado y sucio por los restos que habían salido disparados en todas direcciones, podían acallar aquella voz que repetía en su cabeza: «Robaré tu sueños».

.

Declaración Obligatoria: Como sabe, hacemos todo lo posible para compartir un archivo de decenas de miles de libros con usted de forma gratuita. Sin embargo, debido a los recientes aumentos de precios, tenemos dificultades para pagar a nuestros proveedores de servicios y editores. Creemos sinceramente que el mundo será más habitable gracias a quienes leen libros y queremos que este servicio gratuito continúe. Si piensas como nosotros, haz una pequeña donación a la familia "BOOKPDF.ORG". Gracias por adelantado.
Qries

Descargar PDF

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

bookpdf.org | Cuál es mi IP Pública | Free Books PDF | PDF Kitap İndir | Telecharger Livre Gratuit PDF | PDF Kostenlose eBooks | Baixar Livros Grátis em PDF |