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La Profecía de Aztlán – Mario Escobar

Mientras Londres está siendo bombardeada por el ejército del Káiser, Hércules Guzmán Fox, George Lincoln y Alicia Mantorella reciben el encargo de investigar la serie de macabros rituales aztecas aparentemente ligados a la desaparición de un códice del siglo XVI que habla sobre la legendaria ciudad de Aztlán. El misterio les llevará hasta México, inmerso en una violenta revolución. Winston Churchill, Sherlock Holmes, el Doctor Watson, Diego Rivera, Pancho Villa, Emiliano Zapata y la periodista norteamericana Alma Reed son algunos de los personajes de este apasionante thriller lleno de intriga, romance, peligro y secretos escondidos donde la historia, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.


 

Con el corazón en un puño se dirigió hasta la salida del hotel. La multitud, que había huido al verle con el cuchillo en la mano, formó un pasillo y en unos segundos estuvo en la Cuarta Avenida. La gente caminaba indiferente por la calle, ajena al corazón caliente y palpitante que llevaba en la mano, como si cualquier cosa fuera posible en la Gran Manzana. Santiago Bocanegra se secó la sangre de la cara, aceleró el paso y se acercó al coche que lo esperaba junto a la acera. Allí, un hombre de bigote negro, con la piel color aceituna y los ojos oscuros, le hizo un gesto con la mano. El coche se puso en marcha con lentitud, pero en unos minutos estaba saliendo de la Gran Manzana y cruzando el túnel Holland hacia Nueva Jersey. El coche comenzó a tomar velocidad y estuvo a punto de chocar con otro vehículo en dirección contraria. El conductor comenzó a gritar al resto de los coches con su fuerte acento mexicano. —¡Güey, hijo de la gran chingada! —Roberto, será mejor que no llamemos más la atención. —¿Me lo dices tú? Acabas de andar con un corazón palpitante en la mano en medio de la Cuarta Avenida. —Sabes que es para el ceremonial. —¿Servirá? —Todavía palpita —dijo Santiago levantando el corazón. La masa de carne sanguinolenta se movía con lentitud. Los dos hombres miraron fascinados el corazón sangrante. Al cruzar el túnel, los grandes rascacielos dejaron paso a las pequeñas casas del otro lado del río Hudson. El vehículo se adentró en uno de los grandes suburbios de Nueva Jersey y los dos hombres aparcaron el coche a la entrada de una casa de madera destartalada. Se apearon del coche y corrieron hacia la puerta. Un hombre les abrió antes de que llamaran y los tres se dirigieron al salón. En mitad de la habitación no había una mesa de madera para que la familia típica americana degustara el pavo de Acción de Gracias; en su lugar, una gigantesca piedra tallada y cubierta de sangre reseca ocupaba el centro del salón. —Déjalo sobre el altar —dijo el hombre. Justo cuando Santiago Bocanegra depositó el corazón sobre la piedra gris, éste dejó de latir. Los tres pronunciaron un pequeño cántico en una lengua muerta quinientos años antes.


Después del ritual se dirigieron a la cocina y se lavaron las manos. —¿Cuántas víctimas más son necesarias para completar el ritual? ¿Eso será suficiente para que el barco se hunda? —preguntó Santiago. —Solo hacen falta dos —dijo el hombre. Después sacó un revólver de su bolsillo y disparó a sus compañeros. Unos minutos más tarde, el ritual comenzaba de nuevo. PRIMERA PARTE ELEMENTAL, QUERIDO HÉRCULES 1 Londres, 7 de mayo de 1915 Los cuatro indígenas vestidos de aztecas aparecieron al fondo de la calle y entraron sin problemas en la fiesta organizada para celebrar la inauguración de la exposición. La Royal Academy of Arts de Londres había reunido cientos de piezas únicas que jamás habían sido expuestas. Lo más granado de la sociedad londinense estaba aquella tarde presente en el museo. Desde la exposición de 1824 nadie había visto tantas piezas de los mexicas juntas en Europa. Frente a la impresionante fachada de la Royal Academy los coches se amontonaban mientras las fortunas más brillantes de Inglaterra intentaban olvidarse por unos días de la guerra. El edificio, con sus contundentes formas cuadradas, parecía un poco ennegrecido por el clima y la espesa atmósfera de la ciudad, pero aquella tarde centelleaba por la iluminación de la fachada. Dos hombres y una mujer parecían contemplar las vitrinas en la que se exhibía una de las joyas de la exposición. Se trataba del Códice de Azcatitlán; estaba colocado sobre una blanda superficie recubierta de terciopelo granate. Los cuatro indígenas vestidos al modo azteca cruzaron sin dificultad la sala, se acercaron hasta la vitrina y de con golpe de maza destrozaron el cristal y recogieron el códice. El estruendo acalló las voces de los invitados y por unos segundos la multitud miró atónita a los cuatro hombres pequeños y morenos. Los disfraces rituales tapaban por completo sus rostros, tan solo sus labios carnosos sobresalían de la máscara de jaguar. La gente abrió aterrorizada un improvisado pasil lo y los cuatro indígenas caminaron tranquilamente desafiando a la multitud. Al aproximarse a la puerta, un bobby comenzó a soplar su silbato. En ese momento, uno de los aztecas extrajo de su cinto un cuchillo de obsidiana y se lo clavó directamente en el pecho. El policía observó asombrado como la sangre manaba de su uniforme. Con un rápido movimiento, el azteca arrancó el corazón palpitante del agente y lo sacó con la mano izquierda. El pánico se extendió por todo el museo y la multitud corrió hacia la salida. En la estampida varias personas cay eron al suelo y fueron arrolladas por la multitud. Los cuatro indígenas aprovecharon la confusión para desaparecer por uno de los laterales de la sala y esfumarse en mitad del desconcierto. 2 Cerca de las costas de Irlanda, 7 de mayo de 1915 El capitán William Turner observó las lejanas costas de la isla y suspiró aliviado.

Durante toda la travesía el temor al ataque de algún submarino alemán le había rondado la cabeza. Las advertencias, unas semanas antes, de la embajada alemana en los Estados Unidos, habían sido concisas; el Lusitania podía ser interceptado y hundido antes de llegar a Liverpool. Después se alejó del puesto de mando y se dirigió a su camarote, para intentar descansar un poco. Aquél era su primer viaje con el Lusitania, aunque conocía aquellas costas como la palma de su mano. Durante años había pilotado el Mauritania, el hermano gemelo de su actual barco. Se acercó al escritorio y comenzó a escribir, pero uno de los marineros lo interrumpió. —Señor, hemos entrado en unos bancos de niebla. ¿Mantenemos la velocidad y el rumbo? —Diga al piloto que reduzca la marcha a quince nudos, no podemos arriesgarnos a chocar contra alguna roca. El marinero salió del camarote y cerró la puerta. El capitán miró el papel a medio garabatear y decidió dejar la carta para otro momento. Se sentía cansado por la tensión de los últimos días. Se aproximó a la cama y después de desabrocharse la chaqueta se recostó en la cama. Apenas había cerrado los ojos cuando una fuerte explosión lo arrojó al suelo. El barco viró bruscamente. Se puso en pie de un salto, pero no había logrado recuperar el equilibrio cuando una segunda explosión lo lanzó contra el escritorio. El capitán salió al pasillo y comenzó a correr hacia el puesto de mando, pero una tercera y violentísima explosión se lo impidió. El barco viró a estribor y el viejo oficial percibió como se hundía la proa. Entonces supo que solo le quedaba rezar y encomendar su alma a Dios. 3 Londres, 7 de mayo de 1915 Hércules se levantó del suelo y, tras poner a salvo a Alicia, corrió con su revólver en mano hacia la salida del museo. Su amigo Lincoln se puso en pie y lo siguió hasta las escalinatas. Los dos observaron la multitud que corría por Picadilly, y vieron a los cuatro indígenas que destacaban por sus suntuosos trajes. Corrieron tras ellos hasta llegar al parque St. James. Los cuatro hombres se perdieron entre los árboles. —¿Dónde se han metido? —preguntó Hércules desconcertado, su amigo Lincoln se encogió de hombros.

Hércules había perdido su sombrero en la carrera y su pelo blanco y largo caía sobre los hombros, mientras gotas de sudor perlaban su frente. —Se han esfumado. Un segundo antes de que desaparecieran de su campo de visión, Hércules los vio salir del parque. —Se dirigen hacia el río —dijo Lincoln, y echó a correr de nuevo. Los indígenas se acercaron a uno de los pequeños embarcaderos y se dirigieron a una de las barcas a motor fondeadas en el río. Lincoln y Hércules llegaron justo antes de que subieran a bordo. Hércules se lanzó sobre uno de los indígenas y Lincoln hizo lo mismo con otro de los hombres. Desde el barco comenzaron a disparar sobre ellos y uno de los indígenas fue alcanzado, el motor de la embarcación se puso en marcha y una nube negra tiñó el cielo casi despejado. Hércules logró controlar al otro indígena mientras Lincoln intentaba responder a los tiros del barco con su pequeña pistola Beretta. Cuando el barco desapareció río abajo, media docena de policías llegaron con sus porras en las manos. —¿Se encuentran bien? —preguntó el sargento. —Creo que este jaguar no está muerto —comentó sarcásticamente Hércules mientras seguía aferrando su presa, que, desenmascarada, ya no parecía tan feroz. 4 Londres, 7 de mayo de 1915 El perfil aguileño del detective se recortaba contra la ventana con visillos del estudio de Baker Street. El hombre observó a dos bobbys moviéndose hacia el río y cerró los visillos para dirigirse a por su gorro de cazador y su abrigo. —Querido Holmes, ¿adónde va? Hace una hora le animé a que visitáramos la exposición de la Roy al Academy of Arts y me contestó que prefería descansar, porque nuestro viaje desde Sussex le ha resultado agotador. —Me dirijo justo allí, querido Watson —dijo Holmes enigmático. —¿Vamos a la exposición? —preguntó sorprendido el doctor Watson. —Me temo que alguien ha robado algo en la Royal Academy. —Eso es imposible —dijo Watson levantándose pesadamente de su sofá preferido. —Los indicios parecen irrefutables. Hace unos veinte minutos escuché los silbatos de la policía por toda la ciudad. —¿Silbatos? Sherlock Holmes arqueó la ceja, en algunas ocasiones el doctor Watson podía llegar a ser desesperante. —Después escuché unos disparos por el sur, posiblemente cerca del río. Los dos hombres descendieron por las escaleras y caminaron hasta llegar a Picadilly. Todavía se observaba a transeúntes despistados que intentaban curiosear cerca del cordón policial.

En la entrada del museo el inspector jefe de Scotland Yard, Peter Krammer, charlaba con dos hombres, uno blanco de pelo largo y canoso y uno negro elegantemente vestido; a su lado una mujer pelirroja escuchaba atenta. Holmes y Watson atravesaron el cordón policial, se aproximaron al grupo y se dirigieron directamente al inspector jefe. —¿Qué han robado, señor Krammer? —preguntó incisivo Holmes. —¿Por qué cree que han robado algo? —contestó molesto el inspector jefe. Todos conocían a SherlockHolmes, el detective más famoso de todos los tiempos, pero llevaba años en su retiro de Sussex y prácticamente todos los policías con los que había trabajado estaban jubilados o muertos. —Un museo, un cordón policial, un tiroteo y sangre en las escalinatas del edificio —dijo señalando las gotas que salpicaban el suelo. Todos miraron hacia donde señalaba el dedo del detective. —Por cierto, sus hombres están destruyendo todas las pruebas de los ladrones. Los bobbys caminaban de un lado a otro sin el menor cuidado. El detective se agachó, examinó la sangre y cogió una pequeña muestra que guardó en un tubo. Después recogió unos hilos y restos de huellas. —¿Se escaparon en barco? —¿Cómo lo ha adivinado? —preguntó Lincoln, sorprendido. —No soy adivino. Simplemente analizo lo que veo, deduzco. —¿Y qué deduce? —preguntó Hércules, incrédulo. —Que los ladrones iban vestidos con algún tipo de pelaje, la piel de un animal. Calzaban botas de tacón, eran cuatro… —¿Por qué dijo que se escaparon por el río? —preguntó Alicia, la mujer que hasta ese momento había estado callada. —Barro, mejor dicho lodo del Támesis. Vinieron por el río y he deducido que también escaparon río abajo —explicó Holmes. El inspector jefe puso un gesto hosco y ordenó a sus agentes que recogieran restos del suelo empedrado. —Señor Holmes, muchas gracias por su ayuda, pero tenemos todo bajo control —dijo el inspector jefe antes de que las sirenas comenzaran a sonar anunciando la proximidad de los dirigibles de la muerte. —Creo que los dirigibles del kaiser vienen para soltar su carga esta noche — dijo Watson señalando los inmensos monstruos aéreos que como motas de polvo comenzaban a manchar el horizonte. —¿Puedo preguntarle qué se han llevado? —inquirió Holmes. —Un códice. Creo que se llama Códice de Azcatitlán —contestó el inspector jefe mientras observaba el inquietante cielo de Londres.

5 Cerca de las costas de Irlanda, 7 de mayo de 1915 El capitán intentó subir a cubierta, pero el barco estaba casi en posición vertical, como si la proa se hubiera clavado en el fondo del mar. Se aferró a la baranda del pasillo y logró salir a la superficie. Cuando miró hacia fuera, su mirada de pánico apenas pudo reflejar la angustia de su corazón. El barco se deslizó hacia abajo tragado por el océano. Cuando el capitán sintió el agua helada del Atlántico supo que aquél era su último viaje. Ahora tendría que cruzar un mar desconocido, el que separaba a los vivos de los muertos. 6 Estado Mayor, 7 de mayo de 1915 —Nos alegra que haya podido venir tan pronto —dijo el comandante Crichton al primer lord del almirantazgo. Churchill apenas levantó la cabeza y con un gesto pasó a la sala de reuniones. El resto del gabinete de crisis los esperaba sentado. —¿Tenemos ya datos fiables? —preguntó Churchill sin más preámbulos. —Las noticias no pueden ser peores —contestó uno de los oficiales—. Hay mil ciento noventa y ocho pasajeros muertos, de los cuales ciento veinticuatro son norteamericanos, noventa y cuatro niños y treinta y cinco bebés. —Dios santo —dijo Churchill encendiendo uno de sus puros habanos. —Hemos logrado salvar a setecientos sesenta y un pasajeros. —¿Cómo ha sucedido? —preguntó el primer lord del almirantazgo. —El barco ha sido atacado por un submarino alemán cuando estaba próximo a las costas de Irlanda. —¡Malditos submarinos alemanes! Esos teutones no tienen la más mínima consideración por la vida humana. ¿Cómo han podido atacar a un barco de pasajeros desarmado? —dijo Churchill mascando el humo del puro. —Los alemanes advirtieron de que hundirían el Lusitania si se acercaba a las costas inglesas. Alguien debió de informar de que el barco transportaba armas y municiones —dijo el comandante Crichton. —Si tuviéramos que impedir la circulación de cada barco amenazado por los alemanes ya habríamos perdido esta guerra —refunfuñó Churchill. —Pero lord, el Lusitania vino sin escolta. ¿Por qué se retiraron los barcos que debían protegerlo hasta Inglaterra? —preguntó uno de los oficiales Churchill miró de reojo al hombre y después se tomó su tiempo para responder. —Nadie pensó que se atreverían a hundir un barco con tantos norteamericanos. Prácticamente es una declaración de guerra a los Estados Unidos.

¿Qué ha dicho el presidente Wilson? —Todavía no se ha pronunciado, señor. —Pues tendrá que hacerlo. No entiendo a qué esperan para meterse en esta m a l d i t a g u e r r a — d ij o Ch u r c h i l l p o n i é n d o s e e n p i e y c a m i n a n d o d e u n l a d o p a r a e l o tr o d e l a s a l a. 7 Irapuato (Guanajuato, México), 7 de mayo de 1915 Pancho Villa salió del edificio y se aproximó al pequeño parque frente a la iglesia. Aquella pequeña quinta bien cuidada había sido su cuartel general durante las últimas semanas, pero su derrota frente a los constitucionalistas en Celay a lo obligaba a replegarse hacia el norte, junto a la frontera norteamericana. La batalla de Celaya había sido una verdadera sangría en cuanto a hombres y material. Las tropas del general Obregón habían resistido los envites de su caballería una y otra vez. Aquel maldito perro al servicio de los gringos debía tener asesoramiento militar, no era normal que resistiera de esa manera a la mejor caballería de América. Pancho Villa se sentó en uno de los bancos, apoyó los brazos en el respaldo y echó la cabeza hacia atrás. Uno de sus lugartenientes se aproximó hasta él, pero no se atrevió a abrir la boca. Conocía a su jefe, podía ordenar que le fusilaran si le causaba alguna molestia. —Ramírez, ¿qué sabemos del general Obregón? —preguntó Pancho Villa con los ojos cerrados. —Se aproxima. Deberíamos ir hacia el norte hoy mismo. —¿Hoy mismo? Prefiero quedarme esta noche aquí. Mañana saldremos hacia nuestras bases en el norte. —Pero, Pancho, el general Obregón puede cerrarnos el paso. Los hombres están agotados, las municiones son escasas y los constitucionalistas nos acosarán hasta que lleguemos al norte. —El viejo zorro de Carranza nos engañó a todos. En esta maldita revolución no se puede confiar en nadie —dijo Pancho Villa resignado. —Entonces, Pancho… —Nos marcharemos mañana, al carajo con Obregón y la madre que lo parió. Nadie me hace huir como un perro con el rabo entre las piernas. Soy Pancho Villa. 8 Londres, 8 de mayo de 1915 El timbre de la puerta sonó insistente en la residencia de Hércules y sus amigos. Habían alquilado una casa próxima a Hyde Park, a pesar de que Lincoln odiaba vivir en el centro de Londres.

Durante todos aquellos años habían vivido en muchas ciudades: Madrid, Lisboa, Viena, Sarajevo, el Cairo y Atenas, pero sus continuos viajes no les habían permitido pasar mucho tiempo en ninguna de ellas. Lincoln prefería una pequeña villa a las afueras de la City, pero Hércules era un amante de las grandes urbes. Uno de los sirvientes se aproximó a la biblioteca y entregó un sobre a Hércules. Sin mirarlo, lo depositó encima de la mesa y continuó leyendo el periódico. —¿Qué dice del Lusitania? —preguntó Lincoln desde el sofá. —Es terrible, al parecer un submarino hundió el barco. Han muerto casi dos mil personas —dijo Hércules. —Es evidente que la caballerosidad ya no existe. Hércules levantó la vista del periódico y con una mueca irónica se dirigió a su amigo. —Es usted un ingenuo incorregible. ¿Ha olvidado lo que pasó en Cuba hace diecisiete años? —¿Cómo podría olvidarlo? —contestó molesto Lincoln. —Allí el general Weyler masacró a cientos de hombres, mujeres y niños inocentes —dijo Hércules recordando su etapa en Cuba. —Conozco perfectamente la naturaleza humana. No olvide que soy yo el que siempre le dice que el hombre es malo por naturaleza, mientras que usted se empeña en creer que es bueno. —No quiero entrar en una discusión filosófica —dijo Hércules abriendo la nota que tenía sobre el escritorio. Después la leyó en silencio, mientras Lincoln le miraba expectante. —¿De qué se trata? —preguntó Lincoln impaciente. —Una invitación. Al parecer Scotland Yard quiere que colaboremos con ellos, necesitan alguien que hable español para interrogar al sospechoso del robo de ayer. —¿Scotland Yard? —preguntó Lincoln sorprendido. —Sí. —Le aseguro, querido Hércules, que la Policía Metropolitana de Nueva York, a la que pertenecí durante cinco años, superaba a Scotland Yard en todo. —Creía que la humildad era una virtud cristiana —bromeó Hércules. —También lo es la sabiduría —remedó Lincoln. Los dos amigos sonrieron y se prepararon para visitar las oficinas de la policía de Londres antes de la hora del almuerzo

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