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A traves de susurros – Sonia Lopez Souto

Miro mi reloj una vez más para controlar el tiempo que llevo corriendo y compruebo que he mejorado mi última marca. No es que me esté preparando para una maratón, pero me gusta ponerme retos para motivarme. De cualquier otro modo, no saldría a correr tan temprano ni en sueños. Me gusta demasiado dormir la madrugada y en mi trabajo ya hago suficiente ejercicio como para mantenerme en forma sin necesidad de este esfuerzo extra. Retiro de mi rostro, soplando sobre él, un mechón rebelde que se ha soltado de mi descuidada cola de caballo, mientras estiro uno a uno todos mis músculos al alcanzar el punto de retorno. Siempre me han gustado mis rizos porque son muy manejables. Haga lo que haga con ellos, siempre se ven perfectos, incluso si su color castaño no es nada del otro mundo. Y aunque me encanta su bailoteo cuando llevo el cabello suelto, debo admitir que en la mayoría de las ocasiones está recogido por comodidad. Antes de retomar el camino, aprovecho para asegurar uno de los cordones de mi calzado, que parece un tanto flojo. Me mantengo apoyada en una de mis rodillas mientras rehago el lazo y un escalofrío recorre mi espina dorsal de repente. Miro a mi alrededor buscando no sé muy bien el qué, con todos mis sentidos alerta. Este no es un barrio peligroso, sino más bien todo lo contrario, pero con los tiempos que corren ya no se puede estar segura de nada. Parece que el mundo se está volviendo loco, lo veo cada día en las noticias. Después de comprobar que estoy sola, comienzo mi carrera hacia el apartamento para una ducha rápida. Cuando salgo de casa voy con algo de retraso, pero por suerte, el gimnasio donde trabajo está a un par de calles y tardo prácticamente un suspiro en llegar. La verdad es que ni siquiera tengo coche, el transporte público me sirve en los desplazamientos largos y por el barrio prefiero caminar. —Buenos días, Lin. —Buenos días, Colin. Estoy segura de que mi jefe tiene una fuente inagotable de energía escondida en algún lugar de su musculado cuerpo porque nunca lo he visto cansado o adormilado, ni al empezar el día ni al terminarlo. Y eso que es él quien abre y quien cierra el gimnasio todos los días. Juraría que incluso duerme en él si no fuese porque en muchas ocasiones debo esperar a que llegue para poder entrar por las mañanas. —¿Preparada para un nuevo e intenso día? —me sonríe. —Algún día tendrás que revelarme tu secreto, Colin. Yo todavía no he empezado y ya estoy cansada. —Es cuestión de actitud, Lin.


Si crees que puedes hacerlo, lo harás. Le he escuchado proclamar en tantas ocasiones ese mantra, que lo repito con él en voz baja sin poder evitarlo. Al final tendré que hacerle caso, solo por ver si funciona; pero por el momento, iré al vestuario a cambiarme de ropa antes de que empiecen a llegar mis muchachos. Mi padre fue un gran boxeador en sus tiempos, uno de los mejores de su categoría. Y habría llegado lejos si mi madre no hubiese muerto en aquel accidente de tráfico cuando yo tenía seis años. En aquel momento, me eligió a mí por encima de todo lo demás y durante los quince años que compartimos, antes de que acompañase a mi madre después de una larga enfermedad que combatió con todas sus ganas, pero que no logró vencer, jamás me hizo sentir como si se arrepintiese de su decisión o me culpase de haber tenido que conformarse con ser un simple entrenador en un pequeño gimnasio en uno de los barrios más pintorescos de Edimburgo. Yo crecí en este ambiente, por supuesto, y aprendí a amar el boxeo hasta el punto de convertirlo en mi medio de vida. Gracias a mi padre, sus consejos y sus enseñanzas, tras su muerte ocupé su puesto en el gimnasio. No diré que fue fácil, pues los hombres tienden a desconfiar de mis capacidades nada más verme y solo por ser mujer, pero Colin fue un gran apoyo. Su fe en mí fue suficiente aliciente para no dejarme vencer por los prejuicios y seguir luchando por un trabajo que adoro y que se me da mejor que bien. Ahora, después de cinco años, tengo una reputación y muchos boxeadores acuden a mí para que sea su entrenadora. En mis inicios tuve que conformarme con cualquiera que me aceptase aún siendo mujer, incluso si eran unos impresentables; ahora puedo elegir y no entreno a nadie que no cumpla un mínimo de requisitos. El primero de ellos, que me respete en todos los sentidos. Hay mucho aprovechado al que le gustaría tenerme en su cama, mejor que en el ring enseñándole algunos buenos movimientos de boxeo. —Buenos días, ricura —Owen cabecea hacia mí al entrar y me regala una de sus perennes sonrisas. Es imposible no imitarlo al devolverle el saludo. Owen Henderson es mi boxeador estrella a día de hoy, el mejor que ha pasado en mucho tiempo por el gimnasio, en realidad. Se lo disputaban varios entrenadores cuando apenas contaba con 15 años, pues veían su potencial. Ya por aquel entonces era muy bueno, aún cuando estaba empezando en este mundo. Con tanto donde elegir, si yo estuviese en su lugar, me habría ido con el mejor de todos ellos, el que más posibilidades tuviese de llevarme a los grandes campeonatos, pero él me eligió, sorprendiendo a todo el mundo. Incluso a mí. —Tú eres la única que sabrá entenderme —me dijo aquel día y, aunque por aquel entonces realmente no entendía nada, no me vi con fuerzas, ni ganas, de rechazarlo. Llevamos tres años entrenando duro y organizando combates con la idea de acceder a los campeonatos profesionales en el momento adecuado. Su padre fue bastante tajante en cuanto a eso: podrá pelear profesionalmente siempre y cuando no desatienda sus estudios y nunca antes de los 18 años. Habría preferido que esperase a alcanzar la mayoría de edad, pero supe hacerle entender que ninguna carrera deportiva es larga y que tres años más podrían suponer una piedra en el camino para su hijo.

Una insalvable. —Buenos días, campeón. ¿Qué tal pasaste la noche? —Dormí del tirón. Estaba agotado —responde mientras se sube a la cinta y la prepara para iniciar el calentamiento previo— ¿Y tú qué tal dormiste? Porque después de la tremenda paliza que me diste ayer, deberías haber sentido al menos un poco de remordimiento. —La verdad es que dormí de maravilla —sonrío. Jamás se lo reconoceré, pero el entrenamiento de ayer se me fue de las manos. Se lo compensaré esta mañana con algo más liviano. —¿30 minutos? —Dejémoslo en 20 esta vez —me mira sorprendido porque ya sabe lo que eso significa. —¿Te estás ablandando conmigo hoy? A ver si va a resultar que tienes corazón. —No me piques, Owen, o lo subiré a 40 minutos. —Está bien, está bien —alza las manos en señal de rendición—. Ya me callo. —Cuando hayas terminado con eso, empiezas con el repaso de movimientos —lo señalo— y ni se te ocurra saltarte ninguno. Aunque no esté contigo sabré si lo has hecho bien o no. —Lo sé, ricura. El diablo vigila por ti —sonríe. La primera vez que usó ese apelativo conmigo, me sentí un poco contrariada porque él apenas tenía 15 años y porque yo lo aventajo en 8. Con el paso del tiempo me he acostumbrado y en ocasiones, incluso tiendo a olvidarme de esa diferencia de edad. Owen es un muchacho más maduro que la mayoría de sus contemporáneos. Y que muchos otros, mayores que él. —Cada vez que te veo, necesito poner las gafas de sol porque me deslumbra tu belleza, Lin. ¿Cómo haces para estar siempre tan deseable? —Buenos días, Craig —alzo mis ojos al techo.

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