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A punto de ser despedida – Ana M. Gonzalez

Aquel hombre me fascinaba. Nos fascinaba, de hecho, a todas las practicantes, y quizás a todas las mujeres de la oficina. Pasaba por los pasillos como una bala, siempre ocupado y siempre con una o dos personas persiguiéndolo con papeles para pedirle una firma o alguna revisión de algo y a mí me gustaba pasear después despacio por los lugares por donde había pasado para poder aspirar el discreto aroma que su loción dejaba por donde él había estado. Era un hombre relativamente famoso en su campo profesional y todas nos emocionábamos como niñas tontas cuando le hacían alguna entrevista por radio, televisión o en el periódico. A pesar de que yo decía que no coleccionaba sus apariciones en los periódicos, un día me sorprendí cuando abrí un cajón para guardar mi último recorte y darme cuenta de que sí guardaba esos pedazos de papel desde hacía más de un año. Y encogiéndome de hombros, pensé que si ya los tenía, quizás debería organizar un gran y formal álbum en su honor. – Anita – me dijo un día cuando iba pasando junto a mi escritorio. Era el único en toda la oficina que me decía así, – ¿puedes llevarme a mi escritorio el cálculo de la cotización que hicimos para la fundidora? – Claro que sí, licenciado – le dije. No era cosa muy común que aquel sueño de hombre me llamara a su despacho. Por un lado, me podía dar el lujo de verlo de cerca, pero por otro lado, si me había llamado para revisar unas cuentas, también había una gran responsabilidad. Me asomé muy rápido por el cubículo de mi jefa, que estaba comiendo una dona y jugando solitario, para decirle que iba al despacho de su jefe a revisar unos números. Distraída como estaba, no me prestó mucha atención. Me pasé también como de rayo por el tocador, para revisar que todo estuviera en orden. Me veía bastante bien. Soy una trigueña delgadita y chaparrita, pero con unos senos y un trasero de muy buen tamaño y muy buenas curvas. A pesar de que llevaba pantalones, mis piernas se veían firmes y bien llenitas y mi cabello largo negro me llegaba casi hasta la mitad de la espalda. Tomé mi USB con mis archivos y me fui como de rayo a la oficina del dueño del despacho. Toqué tímidamente en la puerta de su privado y cuando oí un “adelante” abrí la puerta y me asomé sonriendo. Encontré al licenciado sentado en su escritorio, mirando la pantalla de su computadora. – Pasa, Anita – me dijo, siempre amigable, – ¿trajiste los números que te pedí? – Aquí los traigo, licenciado. – Pasa, siéntate aquí. Vamos a revisarlos – me dijo. Esa oficina era casi tan grande como mi departamento. Al fondo, de espaldas a un gran ventanal, estaba el gran escritorio de cristal y madera donde se sentaba el licenciado, en una lujosa silla de escritorio. En la parte de adelante, junto a la puerta, había una gran mesa que podía acomodar a unas 15 personas y que era la sala de juntas del licenciado.


Y entre esa gran sala de juntas y su escritorio, había una pequeña sala, con sillones de piel, una mesa de centro de cristal y un gran sofá negro de piel, donde las leyendas de la oficina contaban que más de una empleada se le había entregado a este misterioso hombre, en una o varias noches de pasión. Me descubrí mirando aquel gran sofá y preguntándome que se sentiría estar tendida en él, boca arriba y desnuda, o mejor aún, simplemente con la falda subida hasta la cintura y las bragas a la altura de los talones, dejándose querer por ese hombre, pero después de un instante, me concentré en lo que había que hacer y casi corrí hasta la silla que me había puesto junto a la suya. ¡Iba a estar junto a él un buen rato! Él había dejado su saco junto al perchero que estaba junto a la puerta y estaba en mangas de camisa. Había dejado las finas mancuernillas sobre el escritorio y también se había aflojado su corbata. Cuando estaba así, en mangas de camisa, era cuando mejor se podía apreciar la musculatura de su cuerpo, que normalmente se escondía bajo sus caros trajes de negocio. Me senté y cargué la hoja de Excel en su computadora. Me preguntaba si se me notaban las manos temblando, pero yo trataba de comportarme lo más profesional posible. Su discreto aroma me inundaba los sentidos y me moría de ganas de mandar esa corbata al piso y abrirle la camisa. Cuando cargamos los números, el licenciado los estuvo revisando durante un momento, antes de girarse para hablar conmigo. – Anita, cuando hicimos esta cotización, ¿no incluimos en los costos lo que nos cobra el despacho de Jiménez? – No, licenciado – le dije yo muy seria.- A mí, mi jefa me explicó que esos no iban aquí. El hombre me miró un momento, con su mano en la barbilla y después me preguntó. – En la cotización que hicimos el mes pasado para la naviera, ¿tampoco incluimos los costos del despacho de Jiménez? – No, licenciado, tampoco. Como le comento, a mí la señora Berta me dijo que esos no iban en las cotizaciones, que se descontaban de otra cuenta contable. Yo ya me estaba poniendo nerviosa. Si había que haber incluido esos números, estábamos hablando de fuertes pérdidas en cada una de las cotizaciones. Yo sabía que el licenciado era rico, pero a nadie le gusta perder dinero. Mirando de nuevo la pantalla de la computadora, me volvió a preguntar. – ¿Tienes algún ejemplo que Berta haya usado cuando te capacitó para hacer estos cálculos? – Sí – le respondí un poco aliviada, porque me acordé que en el correo electrónico donde me había enviado el ejemplo, yo le había preguntado expresamente por los costos del despacho del licenciado Jiménez y ella me había dicho claramente que no los incluyera. ¡Ese correo valía oro y muy posiblemente también, mi carrera en el despacho! Con la mano temblando un poco más, entré a mi cuenta de correo y le enseñé los mensajes.- Aquí está el ejemplo – le dije. El licenciado estuvo algunos momentos muy serio, leyendo los correos entre la famosa Berta y yo. Después abrió el ejemplo y lo revisó rápidamente. Yo tuve que evitar lanzar un profundo suspiro de alivio cuando volví a ver, que efectivamente, el ejemplo no traía los costos mencionados. – ¿Te importa si me mando este correo a mi cuenta? – me preguntó el licenciado.

– No, claro que no, licenciado – le respondí, muy seria. Se envió los correos a su cuenta y después me miró. – No te apures, Anita. Todo esto se va a arreglar – me dijo sonriendo, para tranquilizarme un poco. Seguramente me veía muy nerviosa. Antes de que pudiera reaccionar, tomó el teléfono y le llamó a Berta y le pidió que viniera al despacho. Yo, que estaba hasta ese momento sentada tan pegadita al licenciado, me puse de pie. – ¿Quiere que me vaya, licenciado? – le pregunté. – No es necesario, Anita. Pero si quieres, siéntate ahí, frente al escritorio. Prudente, me senté frente a su escritorio y apenas me estaba acomodando cuando entró mi jefa Berta. – Dime, Alfredo, ¿Qué se te ofrece? – le preguntó, mientras me echaba una mirada sospechosa, como recriminándome por adelantado algo que yo pudiera haber hecho. – Berta, estoy revisando la cotización que entregamos para la fundidora y creo que está mal. Según yo, hay costos que no se tomaron en cuenta cuando se hicieron los cálculos. Los del despacho de Jiménez. – ¡Ah, caray! – dijo Berta, sorprendida, sentándose a mi lado.- ¿Quién te dijo eso? – No me lo dijo nadie – dijo el licenciado.- Me di cuenta yo solo, revisando los números. ¿No están esos costos? – No sé, Alfredo. Yo te pido que me des oportunidad de revisar la cotización con Ana – dijo Berta, mirándolo a él y luego a mí. – Ok, revísenlo por favor y mañana temprano me dicen en qué andamos, ¿ok? – preguntó. Sus palabras y su lenguaje corporal indicaban que la plática había terminado. Tanto mi jefa como yo nos pusimos de pie y nos fuimos de su oficina. Ni que decir que la famosa Berta iba hecha una furia y estaba super nerviosa. – ¡Como se te ocurre ponerte a revisar las cotizaciones con el licenciado Alcántara sin avisarme! ¡Y además si las hiciste con errores! – Jefa, mis cotizaciones no tienen errores.

Además, yo te avisé que él me había llamado a su despacho. – Ya no me digas más, niña. A ver, mándame la cotización para revisarla. Fue cuestión de cinco minutos enviarle la cotización y de otros cinco minutos corregirla en mi escritorio con los números correctos, pero fue cosa de dos horas hacer que Berta entendiera las cotizaciones y las diferencias. En ese momento, pude darme cuenta de que llevaba mucho tiempo sin hacer ninguna, que había dependido durante años de becarias como yo, y que en algún momento, alguna chica habría cometido alguna omisión de la que Berta no se dio jamás cuenta y que se siguió perpetuando durante quién sabe cuánto tiempo. La mujer estaba desbastada. – No, niña – me dijo como por quinta vez y entonces sí que ya no me aguanté más.- Qué errorsote cometiste. Con razón Alberto está tan enojado contigo. – ¡Berta, yo hice los números exactamente cómo tú me dijiste que los hiciera!

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