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A escondidas – Jc Harroway

El tacón de quince centímetros de su zapato teñido a mano se enredó en uno de los cientos de cables que serpenteaban por el suelo de cemento. Harley J acob tropezó y lanzó una maldición cuando se torció el tobillo. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Respiró hondo, esperando que remitiera el dolor y frunció el ceño al ver el arañazo en el zapato, a juego con su vestido de cachemir, el distintivo de la colección de otoño de su línea de moda. Suspiró y se esforzó por cambiar la frustración por determinación. Su misión era más importante que cien pares de zapatos teñidos. Avanzó con cautela, esquivando el peligroso laberinto de herramientas y montones de materiales de construcción polvorientos. ¡Estúpido promotor inmobiliario! La persona que estaba al timón de Desarrollo Residencial y Diseños Arquitectónicos Demont no solo tenía una agenda muy ocupada, sino que, además, de pronto había postergado el trato que habían hecho para que ella comprara el Edificio Morris, un trato que tendría que haberse cerrado hacía ya unos días. Y lo había postergado sin dar explicaciones. Harley avanzó hacia un grupo de hombres situados en un extremo del local, tragándose la humillación del casco y el chaleco fluorescente, que, para alguien como ella, representaban un insulto. Enderezó los hombros y sorteó un nido de tubos que colgaban del techo como si fueran intestinos derramándose del edificio. Su determinación de cerrar aquel trato aumentaba con cada paso que daba. No por la reputación de su apellido, que era uno de los de la élite de Nueva York y sinónimo de realeza en el sector inmobiliario, sino porque le había costado, literalmente, sangre, sudor y lágrimas, levantar Give, su marca de moda y empresa. Y aquel trato tenía para ella un interés personal. No podía volver a fracasar. Cuando se acercó al grupo de hombres, que llevaban, como ella, chalecos de seguridad y cascos, el gemido de las máquinas y el martilleo constante se redujeron ligeramente. Harley suspiró. Al menos podría oír las excusas del señor Demont. Y con suerte, su confirmación de que todo seguiría adelante y sus disculpas. Le debía un par de zapatos teñidos a mano, pero estaba dispuesta a conformarse con su firma en el contrato. El grupo, que quizá oyó el repiqueteo de sus tacones, se volvió hacia ella. La conversación cesó. Una calma oportuna en el ruido de la construcción de fondo produjo un momento de silencio escalofriante. Diez pares de ojos se posaron en ella, unos curiosos, otros sorprendidos, algunos muy abiertos, captando sin duda sus zapatos y su vestido de punto, tan poco apropiados para aquel lugar. Harley levantó la barbilla.


No había ido allí a enyesar una pared o instalar tuberías en un cuarto de baño. Esa vez no permitiría que la echaran y tenía mucha experiencia en defenderse en entornos dominados por hombres. Al igual que sus hermanos, había crecido trabajando durante las vacaciones en la empresa familiar. Pero mientras su hermano y su hermana se dedicaban a rellenar documentos y contestar al teléfono, la dislexia de Harley la había relegado a llevar cafés a los ejecutivos de su padre y vaciar las papeleras de los despachos. —Busco al señor Demont. El grupo se apartó. Los que estaban más próximos a ella retrocedieron y miraron divertidos al hombre que ocupaba el centro del grupo. Este, que estaba encorvado sobre un ordenador portátil, se enderezó y la miró con curiosidad y con más intensidad que los demás. —Soy Jack Demont. Harley soltó el aire con un silbido y su cuerpo se llenó de calor. Sintió un cosquilleo en la espina dorsal. No. No era posible. Juntó las rodillas y apretó con fuerza la carpeta que llevaba en la mano. ¿Jack? ¿Jacques? ¿Jacques Lane? Sus ojos incrédulos observaron al hombre al que había ido a ver y captaron la presencia poderosa, sexy y cosmopolita que lo cubría como si fuera un traje caro. Era un hombre crecido de la versión más joven que ella había conocido y deseado. Del joven del que se había creído enamorada. —¿Qué desea? No daba señales de reconocerla, pero, definitivamente, era él. Tenía un leve acento francés, que hacía que a ella se le curvaran los dedos de los pies dentro de los zapatos caros. Los mismos ojos azules, que la atravesaban como si se hubiera quitado el vestido de cachemir y estuviera ante él desnuda. Harley sintió la misma oleada de hormonas de otro tiempo recorriéndole las venas y nublando sus razones para ir en su busca. La mirada de él no vaciló, pero se oscureció. ¿Enojado por el titubeo asombrado de ella o, al igual que ella, tambaleándose por el mismo escalofrío de alerta sexual que serpenteaba como los cables por el suelo? Harley juntó los muslos, atónita por la velocidad con la que su irritación y su frustración se habían metamorfoseado en excitación física. En deseo por un hombre al que ya no conocía. Un hombre del pasado.

Un hombre que había pospuesto un contrato sin razón alguna. Él tenía los ojos clavados en los de ella, quien, a la defensiva, adelantó la barbilla y empleó un tono altanero. —¿Puede dedicarme un momento de su tiempo? ¡Maldición! Hasta sus cuerdas vocales convulsionaban ante aquel J ack adulto y su voz estrangulada salía casi susurrante. Carraspeó. Tenía que llevar la delantera. Si él quería fingir que no la reconocía y no sabía por qué había ido a verlo, le seguiría la corriente. ¿Y qué si sus zonas erógenas se iluminaban como las chispas de un soplete bajo la mirada de él? Se negaba a retroceder o a escabullirse. Y el hecho de que se hubieran conocido íntimamente nueve años atrás, carecía de relevancia. Había olvidado dónde estaban, pero, como si percibieran la tensión que espesaba el aire, los otros hombres bajaron la vista a sus zapatos con punta de metal. Harley se adelantó y dejó la carpeta y el bolso encima de los planos que había sobre la mesa. Si J ack Demont creía que se iba a dejar intimidar por aquella atmósfera cargada de testosterona, o porque sus familias hubieran acabado mal nueve años atrás, sin duda había olvidado la reputación de duro y despiadado que tenía el padre de ella, un hombre que la había educado con su marca personal de menosprecios sutiles, recordándole constantemente sus fallos y sin molestarse en ocultar sus miradas de decepción. Jack frunció los labios, apartó la vista y cerró el ordenador portátil. —Señores, disculpen. Cualquier pregunta, hablen con el capataz —su tono mordaz y la mirada astuta que lanzó a Harley lograron que esta recordara su misión entre la niebla de la lujuria. Misión. Contrato. Firma. Los hombres del grupo se fueron dispersando uno por uno, hasta que lo único que la separaba del hombre que utilizaba un nombre distinto al de antes era algo de historia antigua y el crepitar de la tensión sexual que rasgaba el aire como el zumbido de herramientas eléctricas. La confianza de ella vaciló, desdibujando las líneas entre el pasado y el presente. Sí, durante unos meses embriagadores, se había creído enamorada del adolescente J ack, en la época en que la idea del amor y los ideales románticos ingenuos regían su mente. Pero quizá aquella violenta atracción renovada solo le ocurría a ella. Quizá él no la reconocía. Tal vez el final de su relación no había significado nada para él y la había olvidado en cuanto volvió a Francia con su familia. Y quizá el dolor y la culpa que ella había sentido por finalizar aquello sin explicaciones habían sido innecesarios. Aprovechó aquel momento de observación mutua para volver a familiarizarse con el objeto de todas sus fantasías de adolescente.

El tiempo le había cambiado, pero para mejor. Su pelo rubio oscuro era más corto; su rostro, atractivo, había perdido su encanto infantil. Su mandíbula cuadrada era más pronunciada y el hoyuelo de la barbilla, en el que entraba bien la yema del dedo índice, seguía siendo prominente. ¡Cuánto le había gustado probar si su amago de barba le arañaba la piel! Y besar la mueca de desdén en su boca sexy. Pero una cosa era evidente. El chico de sus recuerdos infantiles ya no existía. El hombre que tenía delante, ataviado con una camisa remangada para mostrar sus brazos musculosos, y pantalones de traje, rezumaba testosterona por todos los poros. Solo el ardor de su mirada bastaba para indicar que estaba al cargo. La amplitud orgullosa de su pecho, su estatura dominante y el ademán decidido de su arrogante barbilla exudaban poder. Harley contuvo el aliento. —Yo… —¿Qué puedo hacer por usted?

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