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48 Horas para un destino – Emi Negre

De nuevo, quisiera agradecerte a ti el apoyo que me brindas. También me gustaría nombrar a varias personas, pues sin ellas este proyecto nunca habría visto la luz. En primer lugar, a mi pareja, Marta, por apoyarme siempre, desde el primer día. Por supuesto, también a dos de mis lectores cero, José Luís y Rosa Ana, por su dedicación y el tiempo que han dedicado a mi historia. También quiero agradecer a mi editora, Isabel Mata Vicente, y a mi diseñadora, Alexia Jorques, por tan fantástico trabajo y apoyo. Acabo esto dando las gracias a todos y deseando poder seguir dándolas en un futuro. ¡Muchas gracias! KONNER 20 de enero de 2016, 16:15 Todo ha terminado, al fin. Mi futuro se esfuma casi tan rápido como ese último hálito de vida se escapa de sus carnosos labios, ahora pálidos, evaporándose al contacto con el aire. Se acabó, finito. Su cuerpo languidece poco a poco, su piel pierde ese dorado característico y que tanto envidiaba. Ella reposa entre mis brazos, dejando que los recuerdos me invadan, notando como la sangre que se escurre entre mis dedos comienza a secarse. Siento el calor húmedo bañar la tela de mis vaqueros. Con mi rostro todavía encendido de ira, contemplo en derredor como todo ha terminado. «Se acabó» pienso. Y una sensación de vacío me domina. Intento dilucidar en qué momento de mi pasado cometí el error que nos ha traído hasta aquí, maldiciendo sin contemplaciones todas mis decisiones pretéritas. Al fin y al cabo, una decisión ha sido la causante de todo esto. Eso es, decisiones. Eso es lo que somos, el producto exacto de ellas. La respuesta a miles de preguntas que se nos han ido presentando a lo largo de nuestra vida. Nuestro viaje por este mundo se antoja tan frágil, que cualquier desvío o bifurcación concluirá, cada uno, en un final distinto. Un final que puede ser mejor o peor. Quizá un sendero presuma de corto. Tal vez otro sea más extenso. Pero lo cierto es que de nosotros depende, siempre, qué camino escoger.


La pregunta es: ¿cómo saber cuál es el que debemos elegir? Y sobre todo, ¿cómo adivinar si nuestra decisión, es la acertada? ¿Son las buenas o las malas decisiones las que nos forjan? Esa es mi pregunta. Ahora, que todo ha terminado, intento buscar una respuesta plausible. Una cuestión que se sucede en mi mente una y otra vez, como una vorágine de sentimientos que me rondan sin cesar. Pero todas las respuestas llevan a otra incógnita. ¿Cuándo me equivoqué? ¿Cuál ha sido la elección que me ha traído hasta aquí? Vuelvo a observar su cuerpo inerte, frente a mí. La figura de aquella persona que tiempo atrás, lo fue todo en mi vida. En mi cabeza grito su nombre. «Kassie, lo siento». Su larga melena rubia se tiñe de rojo por las puntas que reposan sobre el suelo. Con esa jodida pregunta todavía acuchillando mi alma, la deposito en el suelo, y me incorporo dejando caer una pequeña lágrima de mi rostro ya cansado. Se acabó. Mientras recupero la posición que había perdido al arrodillarme y me apodero de mi arma la sangre de mis manos ya está seca, y los dedos algo acartonados. Los muevo uno a uno, en orden, evitando que la pistola se descuelgue. Reviso, antes de iniciar mi última travesía, el apartamento una vez más. Una foto de Dylan con su gorro favorito de los piratas de Pittsburgh, firmada por Francisco Cervelli cuelga en una de las paredes. En la mesa, un marco tumbado sobre la madera, con la imagen de nosotros dos en nuestra boda. Todavía no se había atrevido a guardarla, quizá para ella quedaba algún resquicio de ese amor que nos profesamos tiempo atrás. Junto al mueble que sostenía el televisor, ahora en el suelo destruido, una instantánea de sus padres. Otra vez Dylan y el dibujo que le dedicó el día de su cumpleaños, sobre el armario flotante. Mire donde mire veo recuerdos de una vida que pudo ser, pero al final no ha sido. Todo por una decisión que ha desembocado en esto. Me acerco hacia la ventana. Quiero despedirme del sol, que lento, se va escondiendo. Sus ligeros y ya consumidos rayos de luz recorren el salón, a mi espalda. Solo él queda como testigo del horror que se acaba de vivir aquí dentro.

Contemplo una última vez a Kassie para rememorar todo el tiempo que pasamos juntos. Ahora no son más que imágenes saturadas en una mente incapaz de valorar un futuro distinto. Todo se acabó. Apoyo la frente en el cristal y dejo que el calor me abrace una vez más. Dos días han sido suficientes para destruirlo todo. Dos días que me han dejado sin nada. Dos días. Cuarenta y ocho horas. ¿Minutos? Demasiados. Tantas vidas arruinadas, tantos futuros arrebatados. Tantas sonrisas borradas. Pero no debo pensar más en eso. Ya todo terminó. Observo la puerta antes de seguir con mi cometido, para esperar que alguien entre, en un momento u otro, gritando «¡Sorpresa!» y me libere de toda esta pesadilla. Pero no, eso no va a pasar. Vuelvo a posar la vista sobre el horizonte, mientras mi mano se aferra a la pistola. Ha llegado el momento. Mi brazo izquierdo se apoya en la ventana. Siento el calor traspasar el cristal. La otra mano la llevo a mi boca, introduciendo en ella el cañón de la Beretta que tantas vidas ha segado ya. La mía será la última. Noto el sabor cobrizo del metal todavía caliente en mi lengua. Siento cómo asciende desde la punta de mi lengua hasta casi la garganta. Aprieto con fuerza los dientes, encajando los incisivos superiores en la corredera, y los inferiores en el armazón. Se acabó.

Respiro hondo, cierro los ojos, tenso los músculos. Mis sentidos se agudizan, permitiéndome oír los gritos infantiles en la calle. De mi frente se descuelgan varias gotas de sudor. Ha llegado el momento. Me preparo para comprobar si es cierto eso que dicen, que cuando uno es sabedor de que su final se acerca, toda su vida se presenta ante sus ojos. Si es así, espero poder encontrar el momento exacto en que tomé el camino que me ha traído hasta este fatal desenlace. Suelto el aire por la nariz. Es la hora, se acabó. Arrugo la frente y coloco el dedo índice sobre el gatillo. No lo pienso, presiono con fuerza. Tac. KONNER Decisión 1 18 de enero de 2016, 14:45 48 horas antes El limpiaparabrisas luchaba con rabia para intentar eliminar toda el agua que se acumulaba en un agotado cristal. Al otro lado, Konner observaba cómo el paisaje se distorsionaba para en décimas de segundo volver a presentarse nítido ante él. Un claroscuro que le obligaba a mantenerse aferrado al volante de su Ford Ranger del 2015 mientras achinaba sus ojos marrones. El cabello oscuro brillaba a causa de unas gotas rebeldes que se negaban a perderse en el interior de aquella mata gruesa de pelo. Su chaqueta negra también dejaba correr varias gotas por un costado hasta morir sobre el asiento. «Acabamos de escuchar Stairway to Heaven. Como siempre, estás en la WHSN. Y ahora, damos paso al tiempo antes de seguir con otro famoso tema de los Led Zeppelin. ¿Qué tiempo podemos esperar un dieciocho de enero, Judie?». «Agua» dijo para sí mismo antes de que la locutora se pronunciara. Efectivamente, como era habitual en Bangor. La capital de Maine es una de las ciudades que más días de lluvia registra al año. Recordó en ese momento la cantidad de veces que su padre nombraba ese detalle, precisamente alegando aquel detalle como una de las razones por las que habían elegido esa ciudad para vivir. El clima de ese pequeño rincón se asemejaba mucho al de la Irlanda de sus antecesores.

Un reclamo le distrajo de la carretera, justo en el momento en que cruzaba el puente de la Interestatal 395, a su paso por Main Street. Un enorme cartel verde adosado al lateral de hormigón del puente le informaba de que iba a adentrarse en la ciudad. Aunque con la cantidad de agua que golpeaba el cristal de su furgoneta, más que leerlo, lo recordó. La música se silenció, ahora un sonido intermitente le informaba de que otra persona quería comunicarse con él. ─Recuerda que hoy Dylan tiene clases de piano. Espero que no falte. ─Una voz femenina retumbó en los altavoces del coche. Aunque con un matiz dulce, sus palabras sonaron secas y ásperas. ─No lo hará ─respondió Konner casi con la misma frialdad. No pudo evitar lanzar una mirada furtiva al asiento del acompañante. Un guante de cuero y una pelota de béisbol vibraban sobre la tela negra─. Son casi las tres. Sobre las ocho te lo llevaré. Un silencio incómodo se adueñó del pequeño habitáculo durante unos segundos, tanto duraron que Konner tuvo que carraspear para comprobar que su exmujer seguía al otro lado. ─Eso espero. De nuevo, la música salió disparada por los altavoces. Un intenso sentimiento de furia se acomodaba en su espalda, obligándolo a removerse sobre su asiento para liberar algo de aquel mal momento. Cada vez que escuchaba su voz y siempre que tenía que volver a verla debía enfrentarse después al remordimiento de su recuerdo que, aunque pasajero, siempre se instalaba en su pecho tras despedirse. Esos brillantes ojos marrones. Su pelo largo y rubio que tanto le gustaba hacer bailar o esa sonrisa contagiosa, que se impregnaba en los rostros de todo aquel que osara acompañarla. Todo hacía que el corazón de Konner se detuviera cada vez que tenía que verla. Fue el sonido estridente evocado por la bocina de un vehículo que circulaba a su lado, el que lo devolvió a la realidad. Su Ford estaba invadiendo parte del carril vecino, casi colisionando con una furgoneta blanca que circulaba por allí. En un intento de disculpa levantó la mano, admitiendo su error, algo que al conductor del otro vehículo poco le importó. Cuando ambos se colocaron a la misma altura, pudo apreciar que el otro conductor le dedicaba un gesto admonitorio alzando uno de sus dedos por encima del resto.

─¡Gilipollas! ─espetó viendo cómo el otro hombre se perdía por una de las calles de la ciudad.

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