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423 colores – Juan Gallardo

Ayer observé mi cara en el espejo y en cada nuevo surco que descubría en mi piel sentí que habitaba una marca de agua. El rostro que me mira desde el otro lado del frío cristal acumula una historia de dolor que reverbera en mis recuerdos. Muchos hombres, como el pobre envejecido que me clava sus ojos, llegan a una edad en la que sienten bofetadas de remordimientos. Yo ni siquiera puedo permitirme ese lujo, yo acumulo el dolor de la realidad y el dolor de la imaginación, porque cada vez que reviso lo ocurrido e imagino que cambio mis decisiones, cada una de ellas me lleva a un nuevo desenlace espantoso. Sufro por lo ocurrido y también por lo que no ocurrió. Llevo mucho tiempo demorando escribirte esta carta, demasiado. Necesito que conozcas, hija mía, tu historia, mi historia, la historia de lo que pasó en Siria, nuestro país. Te imagino leyendo esta carta y preguntándome: «Pero ¿qué dices papá? ¡Yo también estaba ahí cuando todo eso ocurrió! ¿Qué podrías contarme que no supiera?». Y serían buenas preguntas, porque desde que llegué a las costas de Grecia yo me cuestiono lo mismo. ¿Cuánto fuiste capaz de deducir de la realidad, sumida como estabas en la oscuridad? ¿Cuánto creíste del mundo imaginario que creé para ti? ¿Cuánta fantasía creaste tú misma? Las decisiones que tomé en aquella época, desde que comenzó la revolución hasta que nos embarcamos en aquella escuálida embarcación, son ya una cuestión del pasado; si fueron acertadas, lo sabrás tú mejor que yo, y si no lo fueron del todo, espero que sepas perdonarme. Son tantos los recuerdos, querida hija, que escribir esta carta me llevará varios días, intentaré no omitir nada relevante. Pero lo mejor es empezar por el principio. Alguna vez me dijiste, mi querida escritora, que a cada recuerdo le otorgamos las tres partes básicas de una historia: que todo relato necesita un principio (que sería el planteamiento), luego un conflicto y, finalmente, una resolución, que sería el desenlace. Cuando pienso en el concepto de «principio», concluyo que he tenido muchos en mi vida, pero si tengo que elegir el más bonito de todos, sería el principio de mi paternidad, que arrancó el día que viniste al mundo. Recuerdo con tanta emoción tu nacimiento, Ghada. Cuando tuve tu cuerpo en mis brazos, tan ligero que pensé que si los dejaba caer, flotarías. Tu cara era un mensaje de Dios, o el amor hecho materia. Los rostros de los doctores, sin embargo, se esforzaban en erosionarme el entusiasmo, y es que les preocupaba que tu llanto no alcanzaba el nivel de dramatismo que, según ellos, despliegan los bebés sanos (supongo que deben tomarse el nacimiento como una gran desgracia). Tu madre y yo nos dejamos convencer para que te mantuvieran unos días en la incubadora —una o dos semanas— me decían, para que cogieras el peso adecuado. Para tu mamá y para mí eras perfecta. Te pusimos de nombre Ghada porque estabas colmada de gracia y no parabas de moverte dentro de aquella incubadora, con tu eterna sonrisa en la carita. Sin embargo, cuando saliste de la incubadora y te llevamos a casa, me di cuenta de que algo había cambiado. Eras igual de hermosa que antes, tal vez algo más regordeta y pesada, pero la calma que irradiabas, en lugar de darme paz, empezó a angustiarme. Esa misma noche soñé con tu cuerpo inerte flotando en un vacío de oscuridad. A la mañana siguiente, comprobé que no reaccionabas a la luz, aunque te pusiera una linterna frente a los ojos, pero bastaba el roce de mis manos en la madera de tu cuna para que te estremecieras.


—Es muy pequeña todavía —me dijo tu mamá—, espera unos días, los niños no nacen viendo bien. No le hice caso, las palabras de tu madre decían una cosa, pero sus ojos reflejaban intranquilidad, y te llevamos al doctor. «Fibroplasia retralental» fue lo que nos dijo el doctor, en una consulta que se contagió de la hora celeste y del llanto callado de tu madre. Querida Ghada, ya entonces fuiste capaz de sentir el dolor en el pecho de tu madre, y comenzaste a llorar con las ganas que te habían faltado al venir al mundo. Habías perdido la visión por un exceso de oxígeno en la incubadora. Perdiste la vista, ya sé que no te gusta que te llamen ciega, amor mío. —No debería haberla metido en la incubadora —le dije al doctor, que no fue capaz de sostenerme la mirada. No es fácil para unos padres aceptar algo semejante, pero tú, ya desde que eras un bebé, te empeñaste en demostrarnos que podías ser feliz, alcanzar una vida plena. Eras un bebé tan plácido, Ghada, tan sonriente, que no faltó quien nos dijera que Dios nos había enviado una bendición contigo. A mí, sin embargo, me costaba mucho aceptar tu falta de visión, no por lo que me afectara a mí o a tu mamá, sino por ti. No son lo mismo las tinieblas que la luz, y, sin embargo, ahí estaba tu eterna sonrisa, empeñada en sosegar mi desánimo cada día. Cuando ya sabías hablar perfectamente, debías tener unos tres o cuatro añitos, me pediste que fuera tus ojos. Me costó mucho contener la emoción en aquel momento, pero decidí que siempre, tal como me pediste, te describiría cada color, cada matiz, cada sombra y cada destello. Mi felicidad era dártelo todo, y te hubiera dado hasta mi aliento. Desde que llegaste al mundo tenías mi corazón, ahora tendrías además mis ojos, intentaría ver las cosas como pensaba que tú las verías, para poder contártelas después. Alepo era entonces, antes de que los dragones derramaran su fuego y su aliento en sus calles, un lugar maravilloso para nuestra pequeña familia. Las calles rebosaban vida y optimismo desde que el sol emergía sobre el contorno de la Ciudadela hasta que desaparecía al otro lado del horizonte. Siendo muy joven, tuve la oportunidad de estudiar un semestre en París, y lo que más me impresionó fue darme cuenta del concepto tan equivocado que los occidentales tienen de toda la región árabe y de Siria en particular. Ellos piensan que nuestras vidas son miserables, que somos gente triste y oprimida que vive en cuevas, sin disfrutar de los avances tecnológicos más básicos. ¡Nada más lejos de la realidad! La gente de Alepo, además, era extremadamente honesta y honrada comparada con los occidentales, podías dejar las puertas de tu casa abierta, y nadie entraría sin permiso, ¡y mucho menos te robaría! De hecho, eso era algo que siempre había dado por sentado hasta que visité Occidente. Yo trabajaba en un banco como interventor y tu madre era profesora, una seño, como tú las llamabas en el colegio. Cuando Dios bendijo nuestra unión, pudimos comprar un piso en el oeste de la ciudad, en un área muy acomodada, nuestra casa de Alepo, tu casa, donde viviría los mejores años de mi vida. Pero no te creas que, a pesar de lo dicho y por disfrutar de una vida tan tranquila, era inmune a lo que pasaba en el país. Por supuesto que discrepaba con la falta de libertades, sobre todo con la falta de libertad de expresión. Miraba hacia el futuro, tu futuro, Ghada, con la esperanza de una vida más plena y justa, para nosotros y para todos los sirios, pero la revolución no trajo nada de plenitud ni de justicia, solo trajo dragones, fuego y horror.

Un horror que comenzó justo después de morir tu madre y que debería haber concluido para nosotros en aquel barco, en el Mediterráneo, bajo las estrellas. Permíteme que te cuente todo lo que considero relevante, lo bueno, lo malo, lo terrible y lo maravilloso, tú sabrás entretejer mis palabras con tus propios recuerdos. Seguro que muchas de las cosas que te voy a contar las recuerdas, algunas tal cual, otras diferentes, la mayoría sabrás ubicarlas, otras puede que no. Recuerda que cada persona, tanto si puede ver como si no, crea un relato de su propia vida, una autobiografía mental, cortando aquí y allá, seleccionando las partes que quiere recordar, olvidando las que no. En cualquier caso, permíteme que sea tus ojos, y que te cuente las cosas tal como yo las vi. Notas de Ghada En el barco: Comienzo con las estrellas Las estrellas son como azúcar espolvoreado en el cielo, eso es lo que dice mi papá, y dice también que se reflejan en el Mediterráneo como chispitas titilantes que bailan sobre las olas. Cuando pasa una, siento caer gotitas sobre mi frente y sobre mis mejillas, y me pregunto si esas gotas reflejan también las estrellas mientras viajan desde la superficie del Mediterráneo hasta mi cara. La luz, según dicen, tiene esas propiedades, viajar a través de galaxias, atravesar el agua, refractarse en ella y dibujar haces infinitos. Según dice mi amigo Adnan, se pueden ver cosas que están a millones de años luz, y a mí me fascina que la luz sea también una unidad para medir distancias. Menuda maravilla debe ser la luz, si vale para tantísimas cosas. No ha sido fácil emprender este viaje, adentrarse en el mar. Antes de embarcar, muchos hombres gritaban y los niños lloraban, y las palabras se enredaban unas con otras y se fundían en un fragor de sentimientos que parecía entablar una discusión con el rumor de las olas, una discusión repleta de reproches y decepciones: «Demasiada gente para un solo bote», oí decir, y hubo que deshacerse de gran parte del equipaje para que todos pudiéramos surcar el mar sin peligro de hundirnos. Tampoco entendía la espera, ni por qué había que aguardar a la noche para embarcar en la oscuridad, que no conozco (todo el mundo piensa que sin visión puedes ver la oscuridad), para que el viaje fuera menos peligroso. ¿Es peligroso navegar de día? A mí que sea de noche o de día me da un poco igual a la hora de hacer cosas, porque la noche para mí es como el día, pero sin el ruido de la gente. Siempre me han dicho que la oscuridad da mucho miedo a los que pueden ver. Sin embargo, ahora dicen que viajar de día no es seguro. Entonces, ¿en qué quedamos? —De noche es más difícil que nos vean —dice mi padre. Se refiere a los hombres malos. A mis espaldas, las olas golpetean la madera de la embarcación como una docena de manos aporreando un tam-tam, las siento como una orquesta de percusión que me acompaña en mi gran aventura. El mar es sonido y movimiento. Mi padre me dice que el cielo está tan despejado que se pueden ver las galaxias más lejanas, e incluso una estela de polvo de hadas que han debido pasar por aquí hace poco. Yo no puedo verlas, porque no puedo ver nada. Me dicen que soy ciega. Yo pienso que no ver no determina lo que soy, no ver significa que no veo, no que sea algo diferente. Y a eso no lo llamo tener una minusvalía, porque aun sin poder ver, puedo percibir muchas cosas, incluso algunas que son imperceptibles para los que sí pueden ver.

Puedo, por ejemplo, saber dónde está sentado cada uno de los viajeros que nos acompañan en este barco rumbo a la isla de Lesbos, aunque la oscuridad no les permita saberlo a ellos. A mi izquierda, con su brazo sobre mis hombros, tengo a mi padre, que se llama Khaled, aunque yo siempre lo llamo papá. Huele a tierra seca, sobre todo el cabello; su voz suena como una persona un poco ronca que esconde un susurro detrás de la garganta, como si dos personas hablaran siempre al mismo tiempo. La voz de mi padre es suave y cariñosa y me aleja siempre de los temores y los dolores. Sus manos son suaves pero fuertes, como una mujer y un hombre en una sola persona, y sus ojos son mi ventana al mundo de los videntes. Mi padre es todo para mí. Mi amigo Adnan, a mi derecha, huele a heno y a polvo de trigo, su voz suena manchada, como si alguien tocara un piano cubierto de polvo, grave pero al mismo tiempo aniñada. La voz de Adnan, de todas maneras, es caso aparte, porque me he dado cuenta de cómo le iba cambiando desde que salimos de casa hasta que dejamos atrás el refugio. ¡Parece otra persona! La señora Fadila está sentada a la derecha de Adnan. Tiene un olor esquivo (esa palabra la acabo de aprender, quiere decir que se escapa, que es difícil de atrapar) pero siempre está ahí, como si acabara de irse, no lo captas, pero queda el eco de su presencia. Su voz es severa, cada sílaba se marca como un tambor, y eso le da un ritmo uniforme a su manera de hablar de metrónomo. La niña que he conocido en el autobús está sentada enfrente de mí, a mi derecha, «a las dos de la tarde», y huele a grasa pasada, a viejo (a pesar de ser tan joven), tal vez sea el sudor, es desagradable, pero no puedo compararlo con el olor que tendría limpia. Su voz suena chillona y estridente, como un ruido molesto. Es posible que mi percepción sea tan negativa porque la única experiencia que he tenido con ella ha sido negativa. Y un poco más allá está el señor Dursun, que es quien dirige este barco y quien nos ha traído hasta aquí desde el campamento. El señor Dursun es turco y su voz suena como si acabase cada sílaba con un suspiro de nostalgia. Huele sobre todo a tabaco, y aunque es quien manda y dirige el barco, nadie le llama capitán. Antes he oído que le llamaban contrabandista, que es una palabra que no entiendo, y que a lo mejor es más que capitán.

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